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El Malpensante

Literatura

Los que madrugan a besarse

Un lector nuevo en Buenos Aires, Cortázar, Sábato y los enamorados del parque Lezama.

En Buenos Aires he visto gente que se empieza a besar desde por la mañana. En el parque Lezama, en el sector de San Telmo. Llegué allá un lunes de enero a las diez de la mañana, después de acompañar a Laura al trabajo, con un libro en la mano: Sobre Héroes y tumbas de Ernesto Sábato, que me acababa de pasar mi amiga para que viera uno de tantos Buenos Aires escritos y lo comparara con el que iba a vivir.

Dejé a Laura y caminé sin rumbo determinado, hasta que encontré algo parecido a mi sitio ideal para leer. El parque Lezama es una extensión de manga rala cruzada por senderos pavimentados, en la que hay una estatua en honor del conquistador Mendoza, el primero de la larga serie de europeos que han llegado a hacer la historia de esta ciudad. Yo también me pregunté por qué hay una estatua de Mendoza si el parque se llama Lezama. Luego me enteré de que allí tuvo lugar la primera fundación de Buenos Aires.

Dejé atrás la estatua y pasé entre un grupo de viejitas en sudadera que practicaban tai-chi, con un profesor joven al que lanzaban miradas poco espirituales. Me senté en una banca verde y cómoda, hecha de tabillas de madera, y me puse a ver a las viejitas al fondo, interrumpidas por el cruce de los cuidadores de perros, arrastrados por su ramillete de animales. Vi a los marchistas en pantaloneta que daban vueltas al parque con su paso amariconado, a las señoras paseando sus bebés en cochecito, a un solitario bebiéndose un litro de cerveza sin que nadie le dijera qué son estas horas y esa cantidad, y a los primeros enamorados: casi quietos, al fondo, detrás de las viejitas, en un muro del borde del parque. 

Eran las diez de la mañana y parecían estarse besando en jornada continua. Sin parar a respirar, sin percatarse del mundo, en otra dimensión del tiempo solo de ellos, en la que no existían cosas como la política, la economía, la globalización, la izquierda y la derecha, el dolor humano, el fracaso, el triunfo, las cuentas por pagar, los miedos, la desazón o la esperanza. Ella estaba sentada a horcajadas sobre el murito. Él, frente a ella, recostado, posicionado. Los dos al lado de la calle que bordea el parque. Tampoco existían los carros que pasaban. No sé desde qué horas habían llegado para besarse, pero parecían estar recuperando el tiempo perdido. No se trataba solo del beso ni de la hora. Era la devoción, la presencia clara y contundente de su acto en el confuso batiburrillo de una ciudad gigante y dura.<...

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