Google+
El Malpensante

Ensayo

La miseria del día siguiente

Traducido por Delia Juárez
Desde tiempos inmemoriales el guayabo ha acechado los despertares de la humanidad. Este sobrio perfil dibuja los muchos rostros y nombres de esa deuda insaldable y universal.

Ilustración de Diego Patiño

Entre las miserias impuestas a la humanidad, algunas son menores y sin embargo mientras duran son tan penosas que uno se pregunta cómo, después de tanto tiempo, no se ha encontrado la manera de aliviarlas. Es comprensible que los científicos no tengan una cura para el cáncer. ¿Pero para el resfriado común, el cólico menstrual? El guayabo es una de esas afecciones. Es un padecimiento que puede prevenirse: simplemente no bebas. No obstante, la gente ha encontrado a través del tiempo buenas razones para recurrir al alcohol. Uno de sus atractivos es su capacidad para desinhibir –para que podamos regañar al vecino o hacerle una insinuación a su esposa–. El alcohol también puede persuadirnos de que hemos encontrado la verdad sobre la vida, una experiencia reconfortante poco común en los momentos de sobriedad. A través del lente del alcohol el mundo parece más agradable (“bebo para que las demás personas parezcan interesantes”, decía el crítico de teatro George Jean Nathan). Por todas estas razones, beber alegra a la gente. Véanse Proverbios 31:6-7: “Dad... el vino a los de amargo ánimo. Beban y olvídense de su necesidad, y de su miseria no más se acuerden”. Funciona, pero luego, en la mañana, se presenta una nueva miseria.

Un guayabo llega al máximo cuando el alcohol que consumimos finalmente queda eliminado –o sea, cuando el nivel de alcohol en la sangre regresa a cero–. La toxina desaparece, pero no así el daño que provoca. Como todos sabemos, un guayabo implica una combinación de dolor de cabeza, estómago revuelto, sed, aversión a la comida, náusea, diarrea, tembladera, fatiga y una sensación general de desdicha. Los científicos no han descubierto todavía las razones de este conjunto de penas, pero han propuesto varias causas. Una es la abstinencia, lo que provocaría los temblores y también los sudores. Un segundo factor puede ser la deshidratación. El alcohol interfiere en la secreción de la hormona que inhibe orinar. De ahí las largas colas para ir al baño en los bares y las fiestas. La deshidratación dispara la sed y el letargo. Mientras eso sucede, el alcohol ...

El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Joan Acocella

Es la crítica de danza de The New Yorker.

Mayo de 2010
Edición No.108

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Este pedazo de acordeón


Por Roberto Burgos Cantor


Publicado en la edición

No. 205



Originalmente aparecido en la revista Eco, en 1974, este es el único relato sobre vallenato que se conoce del autor sabanero, fallecido el año pasado. Una pequeña historia de susp [...]

La muerte de un funcionario público


Por Anton Chejov


Publicado en la edición

No. 202



Lean este cuento con una bufanda puesta [...]

Maestro desatado


Por Fernando Olea


Publicado en la edición

No. 208



La caricatura de junio [...]

¿El fin de los economistas?


Por Fareed Zakaria


Publicado en la edición

No. 208



Posan como científicos, pero se comportan como adivinos, con sus respectivas metidas de pata. El prestigio de los apóstoles de esta disciplina se desvaloriza y se acerca a la bancarrota, [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores