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El Malpensante

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Hechos de santa Íngrid

Seis años de secuestro, una bondad infinita y haber sido puesta en las manos de Dios son las credenciales que presenta Íngrid Betancourt en No hay silencio que no termine. ¿Qué título debemos otorgarle?

Ilustración de Fernando Vicente

 

Con Íngrid Betancourt los matices están prohibidos. No hay silencio que no termine, la obra destinada a separar la gran literatura de la mera anécdota, es ya un monumento a la ingratitud que ningún colombiano debería leer, ya un clásico instantáneo de la historia y la literatura que no es ni historia ni literatura sino ambas cosas y algo distinto a la vez, un tratado sobre la maldad y un canto a la vida y una novela de aventuras que supera en dignidad, valor y entomología a todas las novelas de aventuras...

La atención excepcional que recibe la Íngrid que lo escribió acaso hubiera incomodado a la Íngrid que lo protagoniza: “Todos somos secuestrados. Todos somos iguales”, responde molesta cuando se señala su condición de “joya de la corona”. En esta versión, por desgracia, no hay quien replique que algunos secuestrados son más iguales que otros.

¿Cómo se lee un libro con tanto ruido?
Para empezar, habría que reconocer que el morbo vende. La atención que el libro ha recibido depende básicamente de sus méritos comerciales, derivados del estatus de víctima superstar con el que Betancourt se topó tras su liberación. “¿Crees que eres lo que dicen que eres?”, preguntó el coro. Y ella respondió con un sí de setecientas páginas al que sus editores pusieron un módico precio de 45.000 mil pesos (lo que, es de lamentar, no alcanzó para pagar los servicios de un buen corrector de estilo). Con otra firma esas mismas páginas hubieran encallado en cualquier editorial: “La historia es interesante y tiene acción, pero el mercado está saturado de libros de exsecuestrados y a éste le sobran cuatrocientas páginas de beatería, filosofía de cajón y narcisismo puro. La protagonista es valiente, pero está tan convencida de que el universo gira alrededor suyo que resulta cargante. Asume el secuestro como una oportunidad de superación personal, lo que dada su perfección inicial es poco verosímil. La información factual y de contexto es insuficiente. El estilo grandilocuente es relamido y, sin proponérselo, caricaturesco. La autora es francesa, así que tal vez haya que aclararle que lo que llama ‘l...

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