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El Malpensante

Coda

La petite différence

A estas alturas, ¿tiene sentido referir las diferencias entre las revistas Mito y Crónica a la estéril y caduca "batalla" entre cachacos y costeños?

© Archivo Paula Gaitán 


Creo que Daniel Samper Pizano se pasa de condescendiente en la crónica que escribe sobre la supuesta guerra de las revistas literarias colombianas del siglo pasado [“Desde el foso: la última guerra entre la costa y los cachacos”, Credencial], guerra que, si nos atenemos a los hechos, nunca existió.

Jacques Gilard fue un estudioso de Gabo y se le abona el valioso material que desenterró en las bibliotecas, pero a estas alturas es imposible considerarlo un ensayista o un crítico de peso. Para la muestra, la tontería de considerar a Mito una revista bogotana y centralista. Empecemos por decir que su fundador y dueño, Jorge Gaitán Durán, era tan bogotano como Gabo o como Gilard, pues hasta donde uno sabe Pamplona no queda en el centro de Cundinamarca. Tampoco eran bogotanos Hernando Valencia Goelkel (santandereano), Pedro Gómez Valderrama (ídem) o Eduardo Cote Lamus (nortesantandereano), los miembros originales de la redacción. En cuanto a la supuesta cerrazón temática de Mito, basta con echar un vistazo a sus índices para saber que Bogotá y el centralismo ni siquiera les preocupaban.

Mito fue una revista admirable, cosmopolita y precursora de otras que surgieron luego, incluyendo la que el lector tiene en sus manos. En el número inaugural se publicó la primera traducción al español del extraordinario texto de Sade, “Diálogo entre un sacerdote y un moribundo”, el mismo que le inspiró a Buñuel su radical variación del Nazarín de Pérez Galdós. Mito también dio a conocer en Colombia a Octavio Paz, a Borges, a Carlos Fuentes, a Marta Traba, a Julio Cortázar, a Dylan Thomas, a Carlos Drummond de Andrade y a Martin Heidegger (entre muchos otros), cuando nadie aquí sabía quiénes eran. Los enemigos presentes de Mito se ensañan con la presunta pugna que habría existido entre la revista y García Márquez. Pues bien, a Gilard, a su discípulo Fabio Rodríguez Amaya y a Daniel Samper, por creerles, se les olvidan varias cosas. La primera es que en el mismo número inaugural donde salió la traducción de Sade se reseñó La hojarasca, el primer libro del entonces descono...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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