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El Malpensante

Cine

Chico y Rita y Trueba

La más reciente película de Fernando Trueba, un idilio musical animado que transcurre entre La Habana y Nueva York, lleva al autor –cinéfilo obsesivo– a un recorrido de varias décadas desde la obra fílmica del director español hasta su encuentro en Cartagena.

Imágenes cortesía Estudio Mariscal

 

A comienzos de los años ochenta, un meteoro cayó sobre las pantallas de los cinéfilos colombianos. No sé si fue en el Festival de Cine de Cartagena, o en la Cinemateca de La Tertulia de Cali, o en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, o en todos los anteriores. El hecho es que los cinépatas con el romanticismo de los escépticos quedamos completamente tocados con el descubrimiento de un filme maravilloso. Se llamaba, se llama, Ópera prima, y su director, un tal Fernando Trueba. En ella se contaba la historia de un pobre diablo, interpretado por el actor Óscar Ladoire, que se enamora de la bella Paula Molina, en un Madrid sucio y marrón, histérico e intelectual, como una especie de Woody Allen hispano con las gafas empañadas por don Luis García Berlanga. Una auténtica delicia. La película la vimos una, dos, quince veces, en una época en la que el Betamax apenas daba sus primeros pinitos y el cine había que repetirlo en las salas o no existía. 


Años después, en un lugar enredado de cuyo nombre no puedo acordarme, vi una segunda película de Fernando Trueba. Su nombre, El año de las luces, que disfruté casi tanto como la primera. Esta educación sentimental en los años cuarenta venía firmada, a su vez, con un nombre emblemático del cine de la madre patria: el de Rafael Azcona, guionista de Berlanga y de Marco Ferreri en sus mejores tiempos. La dupleta Trueba-Azcona se convertiría, con el correr de los años, en el equivalente ibérico de Billy Wilder-I.A.L. Diamond para producir, sin estreñimientos, las comedias más ambiciosas del cine español de final del milenio. No sabíamos mucho de Fernando Trueba. En aquel tiempo, no se podía hacer trampa con internet. No existían los críticos de copy & paste. “Trueba debe ser el hombre más feo del mundo”, me decía. “Si produce semejantes maravillas, es porque se tiene que esconder detrás de una cámara. Preferiría no conocerlo”. Pero Dios sabe cómo manipular a sus monigotes. Pasamos a la siguiente década, con el peso del escape entre pecho y espalda. Volví a saber del enigmático Trueba, por lo mismo que llegó a saber todo el mundo: por <...

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Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó 'El miedo a la oscuridad'.

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