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Columnas

Mary Shelley, protégenos del mal

¿Existe una especie de menosprecio o prevención de los colombianos respecto a la ciencia? Estos prejuicios no son nuevos ni exclusivamente nuestros.

© Archivo El Malpensante

 

Cualquiera que revise con un poco de meticulosidad la prensa colombiana se encontrará con que está llena de reproches contra la ciencia, a veces con minúscula, a veces con mayúscula, casi siempre antropomorfizada. A partir de diversos motivos (el invierno, la crisis nuclear de Japón) se ha publicado toda una serie de críticas abiertas o veladas a ella. Incluso desde otro ángulo, un columnista de El Tiempo, Juan Esteban Constaín, declaró que preparaba sus clases “para vacunar a los muchachos contra el terrible dogmatismo de la ciencia –la Ciencia como ideología y como religión, qué vanidad, qué estupidez– y para que recuerden siempre que la universidad debería formar sabios, no burócratas” (31 de marzo de 2011, p. 27). Me temo que el profesor Constaín ya va a encontrar a su gente más que vacunada, dadas las largas y profundamente arraigadas tradiciones de repudio a la ciencia y a la innovación que hay en nuestro país. Quién sabe qué efecto tenga una vacuna sobre otra; acaso lo pueda averiguar algún vanidoso investigador. Por mi parte, estoy convencido de que el país necesita desesperadamente miles de competentes científicos y otros tantos competentes burócratas.

La idea de que hay una suerte de sabiduría superior que se puede enfrentar con ventaja a la ciencia probablemente provenga de una matriz religiosa, y no es extraño que en un país como el nuestro, que nunca alcanzó una laicización completa, tenga libre curso. Quizás haya otros factores. Alguna vez leyendo un texto de Mariano Ospina Pérez sobre el café, me encontré con que este cultivo era descrito como la gran empresa del país, el escenario básico de presencia del Estado y de formas de regulación modernas, y a la vez como un proceso productivo en esencia resistente a la tecnificación. Obviamente hoy, sobre una nueva oleada de desarrollos tecnológicos –basta con visitar la página web de Cenicafé–, ya no diríamos lo mismo. Pero Ospina estaba pensando en cosas como la introducción de tractores o la automatización de la recolección. Incluso el “ideal de lo práctico” que describió Frank Safford en su conocido texto –basado en cartas de un Ospina decimonónico– celebraba c...

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Francisco Gutiérrez Sanín

Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.

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