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El Malpensante

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La magia blanca de Pasternak

Grandes novelas escritas por grandes poetas: pocas. Los flacos méritos atribuidos a El doctor Zhivago, en contraste con la poderosa poesía de su autor, confirman la regla.

© Lebrecht Authors • corbis

 

El doctor Zhivago, ¿gran libro y mala novela? A los cincuenta años de la muerte de Boris Pasternak (Moscú, 1890-Peredél-kino, 1960), la pregunta no tiene respuesta pero hacerla nos permite entrar a un mundo encantado y titánico donde la herencia épica de la novela compite con su disolución vanguardista, donde se repone la antigua querella de la prosa contra la poesía y presenciamos el choque entre la historia y la naturaleza. La materia en la que ocurren estos antagonismos esenciales es la revolución rusa y el personaje central es Pasternak, quien atravesó la peor de las épocas en que podía vivir un escritor para, inverosímilmente, morir en su cama, cerca de su esposa y de su amante, atendido por los mejores médicos soviéticos. Ello ocurrió apenas un par de años después de la publicación por Feltrinelli, en Italia, de El doctor Zhivago, la novela que le valió el Premio Nobel de Literatura en 1958, honor rehusado tras la amenaza del destierro proferida en su contra por el régimen comunista. Se había librado Pasternak de desaparecer asesinado en el Gulag, como Osip Mandelstam, o del suicidio que puso fin al retorno desgraciado de Marina Tsvietáieva, o de vivir en el más cruel de los exilios interiores, como Anna Ajmátova, humillada y ofendida.

Poseedor de una misteriosa libertad originada, cuenta la leyenda, en la admiración de Stalin por su poesía, Pasternak es reconocido de manera unánime por los rusos como uno de sus más grandes poetas. “No toquen a ese ángel”, les habría dicho fantásticamente el tirano a sus sicarios cuando le presentaron, presurosos, el expediente de un poeta que casi siempre se negó a entonar las loas del comunismo soviético, y se abstuvo de publicar poesía desde el comienzo del terror hasta la Segunda Guerra Mundial.

Pasternak amaba la naturaleza –parafraseo a Ajmátova– tanto como la poesía lo amaba a él, y compararlo con Paul Valéry o T. S. Eliot, según sus paisanos, es degradarlo: perteneció Pasternak a una especie superior, la conformada por Shelley, Baudelaire o Leopardi. El infortunado príncipe Mirsky lo comparó con Rimbaud. Debe ser cierto: cuando Pasternak traducía a Goethe y...

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