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El Malpensante

Política

El nuevo catecismo

Apuntes sobre perezas mentales colectivas.

© Miguel Otálora


En los años sesenta y setenta del siglo pasado, en México y en buena parte del mundo estuvo de moda el marxismo. En las universidades, en los libros académicos, en la prensa, incluso en los discursos políticos se usaba normalmente un lenguaje marxista o de inspiración marxista con cualquier motivo y para cualquier cosa. Bien: no era marxismo en ningún sentido serio de la palabra, sino una Vulgata, una serie de clichés y frases hechas, consignas, unas cuantas palabras, que daban a entender todo lo demás, que no se entendía, y que tenían su inspiración explícita en Marx, sin que hiciera falta haberlo leído.

Eso, lo que aparecía como marxismo entonces, cumplía con una serie de funciones simbólicas y expresivas que iban mucho más allá de su improbable utilidad como explicación. Era un lenguaje que servía como recurso de afirmación de una identidad, como signo de distinción, como contraseña, como indicio de sofisticación intelectual, de quien no se deja engañar. El lenguaje marxista, o eso que pasaba por ser lenguaje marxista, servía para decir que uno era inteligente, muy inteligente, y avisado y descreído, astuto, desencantado, y que no se hacía ilusiones. Eso, ese marxismo, el marxismo de Marta Harnecker, para entendernos, tenía la ventaja de ofrecer explicaciones prefabricadas que quedaban de maravilla para cualquier caso sin necesidad de saber nada; la gente opinaba lo mismo sobre Israel que sobre Argentina, y tenía ideas firmísimas sobre lo que sucedía en el Congo, Vietnam o Alemania. No hacía falta meterse a investigar, no hacía falta tomarse la molestia de mirar la historia ni buscar ninguna información empírica, porque todo estaba en el modelo.

Todo lo que uno necesitaba saber estaba en las consignas. Todo estaba en las dos o tres frases que había que repetir, con exactitud ritual, para explicar cualquier cosa, en cualquier rincón del planeta: la lucha de clases, la revolución, la plusvalía, el imperialismo, la superestructura…

Seguramente sobra decirlo, pero por si acaso digamos que no era eso lo único que había en las universidades, ni era lo ú...

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Fernando Escalante Gonzalbo

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