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El Malpensante

Iceberg

Para olerte mejor

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Una mañana, al despertar, Platón Kovalev descubrió que había amanecido sin su nariz. Lo que sigue después, en este famoso cuento de Anton Chejov, es una búsqueda frenética que incluye denuncias en las comisarías, avisos clasificados en los periódicos y una cadena de situaciones aún más insólitas.

Kovalev se cubre el rostro con un manto para que nadie vea su defecto siniestro. Piensa en lo que dirán sus amigos y respetables colegas cuando se enteren del percance. Su obsesión por la nariz es estrictamente decorativa, como si apenas se le hubiera extraviado el sombrero de copa. Nunca echa de menos el aroma de la canela ni el del jacinto, pero sí se preocupa por la posibilidad de que la mujer que a él le gusta se horrorice con su nuevo aspecto. En ningún momento lamenta no poder olerla en el cuello o en el vientre. Tampoco se consuela con la idea de que, perdida su nariz, ya no le tocará padecer el agua podrida de los floreros.

Al final, cuando la nariz reaparece sobre la cara de su tosco dueño de la misma manera absurda en que había desaparecido, uno, como lector, siente que está viendo una manzana en el hocico de un burro.

No sé qué pasaría si un día de éstos la humanidad entera amaneciera sin la nariz, pero me temo que a muchos los apabullaría el Síndrome de Kovalev: llorarían por la pérdida del apéndice y no por la desgracia de dejar de oler el café. Buscarían, acaso, un cirujano plástico que les restaure el ornamento, aunque se trate de un implante muerto que luzca bonito pero que los condene a seguir amando sin el olfato.

Es previsible, desde luego, que tampoco faltarían los que comprendan que el desastre va mucho más allá de donde terminaba la punta de la nariz. Se nos perderían el olor del baúl de la abuela y el aroma de sus guisos. Los duraznos verdaderos parecerían pintados. La cara empolvada —y, sin embargo, inodora— de la vieja tía solterona, luciría como fugada de un retrato antiguo. A nadie le darían ganas de alcanzar ciruelas en el huerto, ni de comer pavo en el bufé. Olvidado el olor de los almendros donde recibimos el primer beso, pasaríamos después a olvidar el beso mismo. Los encuentros amorosos, en general, dejarían una huella menos perdurable. Ya no sería posible cumplir el viejo sueño de ponerles partituras a los olores, para que los mejores músicos del planeta los interpreten, con un violín. La patria quedar&i...

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