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El Malpensante

Ensayo

Elogio de las capillas

Traducción de Juan Carlos Garay

Las capillas no necesariamente son religiosas. En ellas se puede descubrir desde un oasis de intimidad y silencio hasta una vía para el reencuentro con uno mismo.

Ilustración de Eva Vázquez

 

En pantallas publicitarias gigantes veo enormes figuras que hablan y se contonean y cantan. También alguien parlotea en la pantalla diminuta del taxi al que me acabo de subir. Nueve personas en esta esquina están hablando a gritos, con cables suspendidos de sus orejas, dando pinchazos a las pantallas que les caben en la palma de la mano. Leí recientemente que una adolescente envió trescientos mil mensajes de texto en un mes: diez mensajes por cada minuto de su vida, asumiendo que estaría despierta dieciséis horas al día. Actualmente en el planeta hay más teléfonos móviles que personas (había diez celulares por cada habitante al comienzo de este siglo). Incluso a finales del siglo pasado el ser humano promedio veía tantas imágenes en un día como un habitante de la era victoriana apreciaba en toda su existencia.

Entonces me escapo de la congestionada Quinta Avenida para recluirme en el espacioso silencio de la Catedral de San Patricio. Las velas parpadean aquí y allá, intensificando mi sensación de aquello que no puedo ver. La gente está arrodillada, sus cabezas inclinadas, guiando mi atención hacia lo que no puede decirse. La luz inunda el espacio a través de los grandes vitrales azules y yo he entrado a una región donde no existimos ni yo ni la región. Registro todo a mi alrededor: las piedras gastadas, las pequeñas cruces, los misales, los rostros mirando al cielo. Entonces tomo asiento, cierro mis ojos y me escapo del tiempo, hacia todo aquello que se extiende más allá.

Cuando miro mi vida en retrospectiva, las partes que me importan y me afianzan, lo que veo es una serie de capillas. Pueden ser construcciones antiguas o modernas, pueden tener paredes agrietadas o estar al aire libre, pueden ser lugares de lectura o de reflexión, esquinas escondidas en una ciudad o espacios desiertos en un bosque. Son tan visibles como las personas. Y, como las personas, poseen una quietud en lo más profundo de su ser que disuelve cualquier discusión sobre arriba y abajo, oriente y occidente, tú y yo. Las campanas tañen y yo me pierdo hasta no saber si repican conmigo o sin mí.

La primera vez que iba a entrar a un edificio de oficinas de Nueva York (para una entrevista de trabajo, hace veintiocho ...

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