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El Malpensante

Filosofía

Un gran bostezo

Traducción de Andrea Garcés

Tedio, esplín, jartera: son muchos los sinónimos para referirse al aburrimiento. Pero, filosóficamente hablando, ¿qué significa estar aburrido?

Ilustraciones de Sergio Membrillas

 

Puede que no sea la noticia más emocionante del momento, pero el aburrimiento vuelve a estar de moda. Y no el aburrimiento en el sentido de tumbarse en un estudio marrón sin ningún tipo de expresión, una práctica que, en mi experiencia, nunca ha dejado de estar de moda, salvo como un objeto (en lugar de un producto) del estudio académico. En años recientes, un tema que había caído en una especie de letargo analítico, ha sido reanimado por un número importante de libros académicos. El último de estos textos es Boredom: A Lively History “El aburrimiento: una historia animada”, escrito por Peter Toohey, un profesor de clásicos australiano que vive y trabaja en Canadá –país que carga con la desafortunada reputación de ser muy aburrido–.

¿Qué es el aburrimiento? ¿Se trata de un estado de ánimo, una emoción, una aflicción, una forma de protección social, una puerta hacia la esencia del yo o una afectación moderna? Desde la Ilustración, esta pregunta ha inquietado a filósofos y pensadores, primordialmente porque el aburrimiento comparte territorio con conceptos que se escriben con mayúscula como Ser y Tiempo.

No puedo pretender que mi propio interés en la materia haya sido siempre así de elevado. La mayoría de las veces que pienso en el aburrimiento lo hago con un interés personal básico por un estado que deseo evadir a toda costa. Desde que era un niño he sentido una aversión extrema por situaciones potencialmente aburridas.

Esas tardes interminables de domingo de verano que transcurrían entre el final de The Big Match y la hora de acostarse, todavía con luz, rondan en mi memoria con insistencia proustiana. No puedo evitar pensar en las noches ciegas de la adolescencia, las visitas obedientes a los parientes, las reuniones laborales no menos deprimentes que vinieron después, las horribles obligaciones sociales de la vida adulta y todos los demás eventos sin eventualidad, como trozos de tiempo vital que me han sido robados irreemplazablemente, interludios o premoniciones de la muerte.

Mi temor se ha enfocado, entonces, en lo que el psicólogo alemán Martin Doehlemann llamó “aburrimiento s...

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