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El Malpensante

Artículo

La megaciudad

o cómo se decodifica el caos de Lagos

Traducción de Andrés Hoyos

Lagos, la principal ciudad de Nigeria, vive inmersa en un perpetuo huracán. Basura, corrupción y hacinamiento son allí el pan de cada día. Su desastre es el espejo deformador en el que deberían mirarse, para ver sus dolencias magnificadas hasta el delirio, las metrópolis del Tercer Mundo.

© Corbis

 

El tercer Mainland Bridge es una cinta de concreto ondulante que conecta a la Isla de Lagos con el continente africano. Fue construido en los años setenta como parte de una vasta red de puentes, intercambiadores y vías expresas diseñada para transformar los distritos e islas de esta ciudad nigeriana –que entonces contaba con tres millones de habitantes– en una metrópolis moderna y eficiente. A medida que el puente zigzaguea sobre unos pilares que sobresalen apenas un poco del nivel de la Laguna de Lagos, pasa al lado de un tugurio flotante: son miles de casas de madera, suspendidas en zancos un par de metros encima de sus propios desechos burbujeantes, con techos de hierro oxidado entretejidos por los miles de hilos de humo que emiten las estufas. Pescadores y verduleras se deslizan a remo en canoas por aguas tan negras y viscosas como las de una mancha de petróleo. El puente luego atraviesa el sector de los aserraderos, donde troncos de árboles selváticos –enviados desde un punto de la orilla opuesta que queda cincuenta kilómetros al oriente– forman una masa flotante al pie de los pilotes. Las montañas de aserrín a medio arder en los vertederos expelen una humareda blanca que cruza por encima del puente, mezclándose con la otra que produce el diesel del tráfico. Más allá de los aserraderos acechan, bajo un cielo toldado y sucio, el viejo mercado del malecón, las chozas de los pescadores, las tiznadas fachadas de los edificios de apartamentos populares y los rascacielos medio abandonados del centro de la Isla de Lagos. Alrededor de la ciudad los basureros se cuecen en la combustión de sus propios gases, y hay cementerios de automóviles alumbrados por fogatas alimentadas por derrames de combustible. Todo Lagos parece arder.

El puente desemboca en la Isla de Lagos, en medio de un despelote de ventas ambulantes repleto de repuestos, candados, cascos de seguridad, cadenas, tornillos, carbón, detergente y dvds piratas. Una tarde no hace mucho, los pitos de los carros, la algarabía de la gente y el ruido de los radios se entremezclaban con el gruñido de los mototaxis atascados en medio del trancón y con el rugido que emitía el compresor de un montallantas grasiento. Dos meses antes, un inmenso tubo de hierro colado que estaba suspendido encima del puente se había soltado de su abrazadera oxidada, aplastando un m...

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