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El Malpensante

Viajes

El arte perdido de mandar postales

Traducción de Andrea Garcés

En las vacaciones los buzones solían llenarse de postales enviadas por amigos o familiares desde los más variados rincones del mundo. En tiempos de correo electrónico y mensajes instantáneos, ¿qué ha quedado de esa vieja tradición?

© Corbis

 

Ya estamos en agosto y en lo que va del verano solo he recibido una postal. Me la envió un amigo europeo que –según deduje por la estampilla– viajaba por Mongolia y se limitó a darme un saludo y firmar con su nombre. Del otro lado, una fotografía a color mostraba un desierto dividido por colinas con parches, sin ninguna insinuación de vegetación o el menor indicio de vida. Ahí mismo, en caracteres ilegibles para mí, estaba escrito el nombre del lugar. Me alegró inmensamente recibir una postal, incluso una así de enigmática. Esta pieza de correo, abandonada en la recepción de un hotel, en un buzón o en la oficina postal hizo un viaje desconocido y seguramente arduo en camión, tren, camello, burro –o lo que fuera– y finalmente en avión, para llegar a mi casa, pensé.

Hasta hace algunos años, difícilmente pasaba un día del verano sin que el cartero trajera una postal de un amigo o conocido que estaba de vacaciones. Hoy en día, lo más probable es que recibas un correo electrónico con una fotografía o, si son tus nietos los que viajan, un breve mensaje diciendo que su vuelo se retrasó o que ya llegaron a su destino. Lo increíble de las postales era su inmensa variedad. No solo era probable encontrar en el correo la torre Eiffel, el Taj Mahal o cualquier otra atracción turística famosa; también era posible recibir alguna postal con la foto de una cafetería de carretera en la mitad de Iowa, el cerdo más grande de alguna feria del sur de Estados Unidos o incluso una funeraria ofreciendo la excelencia profesional que le ha merecido buena reputación entre sus clientes por más de cien años. Casi todos los negocios en Norteamérica, desde un fotógrafo de perros hasta un sofisticado resort & spa, solían tener su propia postal. En mi experiencia, las personas con el hábito de mandar este tipo de tarjetas se podrían dividir en aquellas que escogen imágenes convencionales de lugares famosos y quienes se deleitan mandando imágenes cuyo mal gusto garantiza conmoción o risas.

Entiendo el impulso. Cuando estás en Roma, todos en casa esperan una postal del Coliseo o del techo de la Capilla Sixtina: mándales en cambio una pizzería de barrio con cinco mesas peque&nti...

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Comentarios a esta entrada

Yildret Rodríguez

En mi vida he recibido una sola: una amiga romántica estuvo en Isla Negra y me envió una con la imagen del interior de la casa de Neruda. Hermosa. Era bello esto...

Su comentario

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