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El Malpensante

Breviario

Una foto con Einstein

Pocos retratos familiares incluyen algo más que primos lejanos o ancestros desconocidos. En esta excepción, el protagonista de la foto es el gran físico alemán.

Jorge Méndez, Albert Einstein y un compañero de clases, en Princeton, 1945 • © Archivo familiar de Juana Méndez

 

En mi casa nunca hubo una galería completa de fotos familiares. Tendríamos a lo sumo una o dos en algún portarretrato sobre la mesa de noche, pero nada más. Solo mi hermana mayor pudo hacerse, y de chepa, una foto de estudio con mi madre en su primer cumpleaños; los que le seguimos no tuvimos ese privilegio. Digamos que el impulso de proyectarnos como una familia exitosa y feliz se diluyó en el embrollo de la vida cotidiana. En cuanto a mis padres, la única foto que registra su matrimonio fue tomada por un tío que ese día llevó casualmente su “máquina de retratar”, como llamaban entonces a las cámaras; las fotos oficiales de la boda se perdieron para siempre en una maleta que se llevaron los ladrones.

En la biblioteca de mi padre, en cambio, sí había una imagen excepcional: estaba en un marco de madera cruda que colgaba de un hilo de cáñamo formando un triángulo desde el clavo y que por alguna razón misteriosa siempre estaba torcido. La foto en blanco y negro mostraba a dos hombres, uno muy joven y el otro muy viejo. El joven era mi padre y el viejo Albert Einstein. Yo suponía de niña que ese viejo de pelo largo y canoso era mi pariente porque tenía una mirada dulce y una sonrisa a medias que me parecía pícara. Había grandes conversaciones acerca del retrato cuando venía a casa algún amigo de mi padre que no lo conocía. Yo me sentía orgullosa del viejito extravagante; me parecía bueno que fuera parte de mi vida.

Mi padre se graduó en derecho y ciencias económicas en la Universidad Javeriana en 1944. Al año siguiente fue a Princeton a hacer un máster en economía y allí conoció a Einstein, que había llegado de Alemania en 1933, el año del ascenso de Hitler al poder. En 1945, acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial y se vivía en Estados Unidos una especie de euforia que mi padre solía relatarnos en la mesa. Nos contaba que estaba en Nueva York cuando París fue liberada por las tropas aliadas; que Lily Pons, una cantante de ópera famosa por su cintura de avispa, cantaba “La Marsellesa” subida en un carro de bomberos y que todos ...

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