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El Malpensante

Artículo

La ciudad como parque temático

El viajero se adapta al lugar a donde viaja; el turista quiere un lugar adaptado a sus necesidades. James Nolan, quien tercamente insiste en vivir en el barrio viejo de Nueva Orleáns, analiza esa curiosa consecuencia del turismo de masas: la transformación del mundo en un parque temático.

La calle Royal está desierta bajo un sol de caimán. Me detengo a la sombra de un balcón para enjugarme el sudor de la cara con el pañuelo. Una calesa vacía de turistas pasa trotando mientras camino cargado con dos bolsas de comestibles del supermercado. Hoy he podido hacer la compra sin tener que hacer cola detrás de unos borrachos con globos de fiesta prendidos a la cabeza, cada uno esperando a pagar su litrona.

Con gran alivio, he visto que tampoco los artistas callejeros estaban apostados como de costumbre delante del banco, con sus cantos y batir de palmas al son de “Under the Boardwalk”, la única melodía que conocen. Las multitudes del Festival de Jazz y del Essence Festival llegaron y se fueron. Estamos en agosto y el Barrio Francés es nuestro, al menos durante un tiempo. El aire húmedo baja cargado de intimidad y de fragancia de jazmines. Los vecinos se saludan mientras sacan los perros a pasear y se entretienen charlando. Me siento como si estuviera varado en alguna remota colonia tropical después de haberla abandonado los colonos. Sin las habituales avalanchas de turistas, me doy cuenta de que somos muy pocos los que de hecho vivimos aquí. Pasamos la tarde entera ociosos en el patio, como gatos callejeros, mientras nos preguntamos cuándo acabará el verano.

“¿Pero cómo puedes vivir en el Barrio?”, me preguntaron los amigos cuando volví a casa hace cinco años procedente de Barcelona. “¡Es tan turístico! Y además no hay parqueaderos”.

“Es que no conduzco”, les explicaba, pronunciando las palabras en voz bien alta y con mucha claridad, como si estuviera hablando con sordos. “Tengo que vivir en un lugar donde pueda hacerlo todo a pie. Además, mi familia es de este barrio”.

Para los criollos que me cuidaron de niño, el “barrio viejo” era el equivalente a la “Patria Chica”, incluso cuando se mudaron a vivir lejos. Mi madre es la única, entre cinco generaciones de mi familia, que no ha vivido en el Barrio. Pero, por lo que me explica, su primer trabajo fue como secretaria en una fábrica de confección a dos cuadras de mi apartamento. En aquellos tiempos el Barrio estaba repleto de negocios familiares, como el estanco que tenía mi bisabuelo en una esquina. Los sicilianos regentaban el Mercado Francés, donde se apilaban las frutas y verduras que llegaban del campo cada mañana. Todo el mundo se vestía de punta en blanco y tomaba el tranvía en dirección al centro para ir de compras, al méd...

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