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El Malpensante

Breviario

Una crisis de fe

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Imagínense un cura que lleva quince años diciendo misa, echándose sus sermones, bendiciendo, confesando, y que un domingo por la mañana se despierta y siente que no cree en nada, que toda su vida ha sido una mentira, una farsa. Le reza a ese Señor o a esa Virgen a quienes les ha rezado desde niño y le parece que rezar es una pantomima, que está repitiendo de memoria un papel menor en una comedia imaginaria. El misterio de la Santísima Trinidad no le parece ni siquiera un misterio, le parece una bobada, y de repente no cree tampoco ni en los milagros ni en la vida eterna ni en la resurrección de la carne. Imagínense, pues, un cura que se vuelve ateo de la noche a la mañana, y para el que Jesús es tan Dios como Júpiter o Quetzalcoatl.

Pues eso mismo he sentido yo últimamente con relación a la literatura, una religión a la que le he dedicado 25 años de lectura permanente, 15 años de escritura pertinaz, una carrera, una tesis, talleres, babas, discusiones, mesas redondas, congresos, todas las misas concelebradas y las pedanterías que giran alrededor de la literatura. Todo eso y de repente me doy cuenta de que semejante montaje es más o menos una farsa, y sobre todo que alrededor de los sumos sacerdotes de la literatura —vivos y muertos— se ha montado una gran mentira, se han erigido unos pedestales ridículos, una enorme operación de marketing como la que se haría con cualquier queso o con cualquier mermelada.

Mis padres eran personas de poca fe; para ellos las novelas eran unas bobadas y bobos los que perdían el tiempo leyendo novelas. Como ustedes saben la adolescencia consiste en llevarles la contraria a los padres y a mí la adolescencia me duró hasta antier, pero ahora estoy dispuesto a apoyar lo que decían ellos. Creo que la literatura es una actividad menor y para cerebros no particularmente agudos. Se le da una importancia excesiva y los escritores tienen un prestigio injustificado (que sin embargo siempre les parece poco). Por lo menos algunos. En realidad la mayoría de los escritores están medio jodidos, y les toca vegetar en los periódicos, en las notarías o en las editoriales. Algún día voy a hacer una tipología de los escritores que va a sonar más o menos así:

Hay “escritores muertos-de-hambre”, que viven medio borrachos y tienen en la cabeza varias obras maestras; hay “escritores pavosreales”, que se pasean mostrando las plumas por los vestíbulos de los hoteles de quince estrellas y viajan despatar...

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Héctor Abad Faciolince

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