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¿Nos salvarán los arcos y las flechas?

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¿Vale la pena elegir entre una metralleta y una flecha primitiva? William Ospina, en su réplica al comentario de Alejandro Gaviria, El hermano de las águilas, responde en forma afirmativa. Dice que “una metralleta no puede representar un progreso frente una flecha primitiva, y que las guerras entre watusis y hutus serían menos monstruosas con arcos y flechas”. Pero, otra vez, ¿valdrá la pena realizar tal elección? Ambas, la metralleta y la flecha, matan, y Ospina lo sabe muy bien. Hay diferencias tecnológicas, por supuesto. Si los hutus hubieran usado arcos y flechas para asesinar, como lo hicieron en 1994, a cientos de miles de tutsis, el genocidio hubiera consumido más tiempo. ¿El que hubiera durado más lo habría hecho menos monstruoso? No lo piensan así las propias víctimas. En el aterrador libro de Philip Gourevitch sobre el genocidio de Ruanda, un sobreviviente de la masacre confesaba: “Uno sólo espera no morir de manera cruel, pero sabe que morirá de todos modos. Esperas que no sea un machete, sino una bala. Si pudieses pagar, pedirías un disparo” (Gourevitch, Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, 1999, 29).

Es tan terrible elegir cómo uno ha de ser asesinado, como elegir, por razones estéticas y tecnológicas, un método de exterminio y de combate sobre otro. Ospina elige los arcos y las flechas por motivos estéticos y retóricos. Estéticos: hay cantos muy hermosos a las nubes de flechas camino de la carne de los combatientes en la literatura universal, y los hay muy pocos a la metralleta y a las demás armas de destrucción contemporáneas (salvo la famosa frase del Che, que no es literaria). Retóricos: sucumbir ante el encanto de los arcos y las flechas permite señalar la infamia de las armas letales de Occidente, que sin contar con la dimensión estética de los instrumentos de muerte de los primitivos, aniquilan en nombre del progreso. La estrategia retórica parece perfecta: es bella la aniquilación primitiva hecha a nombre de la inocencia y del respeto por la tradición (no importa cuán terrible sea); es horrorosa, en cambio, la muerte tecnológica que nos regala Occidente. Desde esta premisa es fácil inferir todo lo que sigue: el proyecto de Occidente es el más destructor y abusivo que este mundo en el que vivimos haya podido conocer. Frente a él, los horrores del pasado tienen la virtud de preservar la comunidad con la naturaleza y el respeto por el cosmos. Por lo tant...

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Boris Salazar

Narrador y profesor universitario colombiano, nacido en Cali. Ha publicado varios libros, entre ellos La otra selva (novela) y Caravana (cuentos). Es profesor de la Universidad del Valle.

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