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El Malpensante

Iceberg

En la patria del teatro

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Hay quien diga que las ciudades no valen la pena, que son una aglomeración inhumana de millones de personas apabulladas por la desigualdad y el asedio tecnológico, una fuente de embotellamiento continuo, un engendro maligno de la mentalidad occidental (son todavía más grandes en oriente, pero ésa es otra historia). Aún así, hasta los primitivistas más recalcitrantes aceptarán que las ciudades, por ratos o por pedacitos, casi llegan a valer la pena en ocasiones. Los pedacitos son aquellos lugares donde se erige, digamos, una gran biblioteca, como esa maravillosa mole de ladrillo, concreto, agua y vidrio que diseñó Rogelio Salmona y que se inauguró a fines del año pasado en el Parque Simón Bolívar de Bogotá. Lástima grande que le hayan puesto el absurdo nombre de Virgilio Barco, un ingeniero que nunca tuvo nada que ver con los libros. En cuanto a los ratos, son las grandes jornadas culturales que se dan de tarde en tarde como, digamos, el VIII Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, que comienza el 15 de marzo de este año. Su directora, Fanny Mikey, cita al respecto estadísticas cívicamente apabullantes —los cientos de miles de espectadores que ven espectáculos pagando y los muchos miles más que ven espectáculos gratis, los cinco continentes representados, y demás— y tiene toda la razón: el festival es un acontecimiento espiritual de primer orden entre nosotros, una ventana que se abre cada dos años a mundos donde no reina la violencia física sino a lo sumo la tragedia, donde en vez de sangre roja hay luz y donde los que mueren son héroes griegos o antiguos príncipes de Dinamarca, no campesinos de Mapiripán.

En Colombia hay una gran incultura ambiente que nos fue legada por la ancestral pobreza de espíritu de la élite del país, y esta incultura retroalimenta la violencia física en forma mucho más severa de lo que lo hace la pobreza material. Uno de los orígenes del fenómeno es que en una época no muy lejana, por allá a finales de los años sesenta y comienzos de los años setenta, justo en el tiempo en que en Bogotá mandaban los ingenieros, se pensó que la cultura era peligrosa. De modo que se construían puentes y viaductos, ingenios y fábricas, pero todo lo que oliera a cultura se consideraba posiblemente contaminado de comunismo y era puesto en cuarentena. Vivir para ver, el panorama actual ha cambiado en forma radical. Ahora la cultura entraña un reto ponderado para el Establecimiento pero en ...

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