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El Malpensante

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Un dolor en el costado izquierdo

¿En qué momento se varó la izquierda? La pregunta importa, tanto si uno quiere que siga varada, como si quiere que vuelva a caminar. Los más jóvenes han pedido balances de lo que pasó: he aquí uno.

Sí, tengo un dolor en el costado izquierdo, pero antes de explicar por qué lo tengo, debo dejar sentados unos cuantos precedentes importantes. Soy lo que se suele llamar un hijo de papá; o sea que mi papá y mi familia formaron parte, no de una verdadera aristocracia en el sentido europeo del término —tal cosa no existió nunca en Colombia—, pero sí de la vertiente de la élite colombiana que a lo largo del siglo XX fue afín al dominante Partido Liberal. En consonancia con ello, mi familia tuvo dinero (en términos colombianos, no sauditas), y fui educado con un mínimo sesgo cosmopolita, según las costumbres predominantes entonces, en un colegio tradicional bogotano hasta los catorce años y luego en un prep school americano hasta el final del bachillerato.

Toda educación implica un indicio de destino, y el mío estaba más o menos trazado cuando regresé al país en 1972 y emprendí lo que con alguna caridad por parte del lector quiero llamar mi propia educación, la autoinfligida, la que lleva implícita alguna contribución personal. Ésta pronto me llevó bastante más hacia la izquierda de lo que la tradición y los designios familiares sugerían. No pretendo patentar en ello mayor originalidad salvo para decir que hacia fines de los años setenta pasé por las militancias al uso en grupos de intelectuales socialistas, desbandados no tanto por los atropellos del establecimiento, cuanto por los de la otra izquierda, la militarizada y radical, que en esa época desató un proceso de infiltración inclemente hacia los sectores menos extremistas. Un acto de sensatez me llevó a apartarme de las peligrosas sendas que apuntaban más que todo a las montañas, aunque también la constatación dolorosa de que las estructuras políticas que fomentábamos en los grupos de izquierda de entonces eran mucho más verticales y menos democráticas que las que se apoyaban en los decrépitos partidos tradicionales a los que queríamos enviar para siempre a Miami.

Un segundo golpe de sensatez evitó que en el proceso de desbandada de la izquierda me convirtiera en lo que alguna vez llamé “un mamerto de derecha”. Para los lectores de otras latitudes, “mamerto” es el apelativo despectivo que se aplica en Colombia a los miembros, ahora escasísimos, del Partido Comunista local, y en forma más amplia a la dogmática de izquierda, tanto en materia política como sociocultural. Aseguraba Jorge Child, un economista gay, marxista e hijo de papá, que él había inventado el término ante el hecho de que en la gerontocracia del PC colombiano había muchos Gilbertos, Humbertos y Mamertos. Como la condición tenía su lado contagioso, el propio Child podía ser bastante mamerto cuando le daba la gana, y hoy en día se recuerda con cierta hilaridad su muy mamerta crítica a la extraordinaria revista Mito, publicada por el poeta Jorge Gaitán Durán hasta que un accidente de aviación en la isla de Guadalupe lo mató, para tragedia de la cultura nacional, en 1962. Mamerto será entonces quien aspira a darnos lecciones de corrección política mediante una obra de teatro llena de buenos y de malos, o mediante una instalación inane dirigida a corregir las percepciones que tenemos sobre algún fenómeno social, así el autor, o la autora pues las hay por montones, no esté inscrito en la desastrada colección de comunistas supérstites que aún deambulan huérfanos por este pobre país al que tanto han contribuido a malograr.

Explico entonces mi frase “mamerto de derecha” diciendo que en Colombia, como en otras latitudes, algunos viejos izquierdistas optaron por un viraje radical hacia la derecha, cambiando de orientación política aunque no de ideología. Un ejemplo nacional ilustrará con claridad lo que quiero decir: Plinio Apuleyo Mendoza, quien de botafuegos castrista y partidario furibundo de la alianza obrerocampesina pasó en un santiamén a ser botafuegos neoliberal, bajo la misma dogmática y demostrando la misma proclividad hacia el ejercicio autoritario del poder. Otros, sin embargo, no tenemos la fortaleza de espalda ni la rigidez de espíritu suficientes para permitirnos semejantes saltos mortales, tras los cuales no caeríamos parados, de modo que hoy en día yo me considero un socialdemócrata de centroizquierda, con la aclaración de que tampoco tengo estómago para afiliarme a esa olla de grillos clientelista y maloliente, de supuesta orientación “socialdemócrata”, que es el Partido Liberal Colombiano.

La formación del espíritu pasa por temas anacrónicos, y yo diría que soy volteriano en asuntos de tolerancia religiosa y separación de la Iglesia y el Estado, pese a que apenas he leído un pequeño fragmento de los 200 tomos que conforman la obra y la correspondencia del Patriarca de Ferney, y pese a que su influencia propiamente literaria, es decir profesional, me parece inconveniente. En concordancia con la preferencia declarada de Voltaire a lo largo de su vida, me inclino por la libertad de comercio, que bien aplicada suele ser fuente de bienestar general. Alrededor del tema es indispensable reversar la operación de emasculación ideológica ejecutada por Karl Marx, según la cual las apuestas de la Ilustración por la libertad de comercio y por el modo de producción capitalista eran apenas una etapa superable en el desarrollo histórico del progreso. Pero no, un comercio libre y dinámico basado en el lucro es condición necesaria (aunque, desde luego, no suficiente) de prosperidad, a juzgar por lo que hoy en día se sabe del funcionamiento de las sociedades. ¿Que mañana inventarán algo mucho mejor? Pues que mañana actúen en consecuencia.
 

Pienso al mismo tiempo que el Estado democrático, árbitro problemático inventado y reinventado en los últimos tres siglos para desnaturalizar ciertos procesos naturales que con toda la razón se consideran inconvenientes, tiene un papel muy activo que desempeñar en la posible evolución virtuosa de una sociedad como la colombiana, incluida una redistribución equitativa del ingreso y del consumo, siempre y cuando esta tarea se confíe a imaginativos esquemas mixtos, los cuales son posibles pues existen ejemplos de gran valor aquí y en Cafarnaúm, y no a una burocracia inepta o corrupta. Cuando un país muestra desequilibrios radicales, resulta absurdo presumir que se puede prescindir del arbitraje estatal o que el Estado debe ser reducido a su mínima expresión. Bien por el contrario, hay que fortalecer al Estado en ese caso, sobre todo en las funciones que le son básicas. Otra cosa es que también sea indispensable reformarlo y limpiarlo a fondo para que pueda participar en forma legítima cobrando impuestos justos y legales, controlando su ejecución y ejecutando en forma selectiva aquella parte del presupuesto que no sea posible o deseable delegar.

Aquí concluyen los antecedentes propiamente dichos de mi dolor en el costado izquierdo. Por lo visto, éste proviene no del pasado, que a cualquiera debe dolerle un poquito, sino del presente. Sucede que siendo ya escritor (para audiencias bastante minoritarias, eso lo acepto sin remilgos), me dio por hacerme editor y fundar, junto con varios colaboradores, la revista El Malpensante, querida y vilipendiada por partes iguales en los corredores y desvanes de la intelectualidad nacional. Desde un principio decidimos que la orientación política de la revista —y la estética— no podía ser homogénea, dada la reciente confusión ideológica que se percibía en el aire y dados los movimientos bruscos que habían ocurrido en las placas tectónicas de la inteligencia y la sensibilidad contemporáneas. Esa condición y esa óptica, con el elemento de curiosidad que les va implícito, me agradan y me indujeron a leer a diestra y siniestra en busca de material digno de publicación. De ahí que en la revista, para mareo de algunos lectores demasiado sembrados en sus volterianos jardines, echemos mano de dinamita y de agua bendita.

Indolente aún e instalado en mi muy personal tradición, partí en ese viaje lector con la convicción, que mantengo aun cuando un poco zarandeada por tanto evento reciente, de que treinta o cuarenta años atrás —para no hablar de la época dorada que tuvo lugar antes de la Segunda Guerra Mundial con personajes como Walter Benjamin y Bertolt Brecht— los textos más agudos, la literatura más incisiva y el arte más novedoso se inclinaban hacia la izquierda. Lo presumo, esto es, pese a que bajo cualquier amparo se han cocinado estupideces proferidas por gente de otro modo brillante y creativa —piénsese en la inefable “Oda a Stalingrado” y en la Incitación al Nixonicidio de Neruda o en las devaluadas posiciones intelectuales y políticas que Jean Paul Sartre sostenía desde la redacción de Temps Modernes en los años sesenta— y pese a que después de todo sacudón, con más veras si es espiritual, hay que realizar un inventario cuidadoso. Por contraste, la derecha de hace cuarenta o cincuenta años mezclaba insostenibles dosis de integrismo cristiano —católico en estos rincones del mundo— con extrañas lucubraciones que desestimaban de raíz la vigencia de la democracia. Piénsese en libros hoy olvidados como El retorno de los brujos o en los abstrusos editoriales del periódico El Siglo en los tiempos de Laureano Gómez y de su hijo Álvaro. Allí no estaba a salvo ni la democracia ni la igualdad ante la ley, y tampoco se descartaba el uso arbitrario de la fuerza del Estado para atacar a la una o a la otra. En cambio hoy, excepción hecha de las tertulias y publicaciones de la franja lunática que cuentan con muy poca audiencia, en Occidente y en Colombia se aceptan ciertos principios básicos que la derecha de entonces discutía: la separación de la Iglesia y el Estado y la vigencia de alguna forma real de democracia política.

Escrito lo anterior, me veo en aprietos para citar ejemplos personales de viejas lecturas de derecha, lo cual delata que en mi juventud yo leía con un marcado sesgo hacia la izquierda, el mismo que, en disculpa propia, debo decir era el de las editoriales. No por otra razón personas como Nina Berbérova se vieron obligadas a lavar platos en el París de la preguerra y a aceptar puestitos académicos en los Estados Unidos de la postguerra a la hora de sobrevivir. En la actualidad se sabe algo que treinta años atrás al menos yo ignoraba: que en medio del vacío de la polarización existía una intelligentsia de extremo centro, o más exactamente enemiga del comunismo pero reacia a matricularse en las huestes del ejército blanco de la derecha espiritual donde reinaban, en sus tronos excéntricos, personajes estilo Ancien Régime como Vladimir Nabokov. Durante cerca de setenta años este interesantísimo espacio fue un gran basurero al que iban a parar los inclasificables, los que no querían inscribirse en una u otra ala del pensamiento político o los que se sentían inclinados o se veían obligados a cambiar de punto de vista, sobre todo si provenían de la izquierda.
 

Un habitante emblemático de este limbo fue el poeta polaco Czeslaw Milosz quien tuvo que padecer un largo ostracismo tras dejar el servicio exterior de su país y exiliarse en París en 1951. Pablo Neruda, con quien Milosz se solía traducir en un vaivén de complicidad poética, como de costumbre se ofreció de primero para fustigar a su viejo amigo con un articulillo mezquino titulado: “El hombre que salió corriendo”. El gran poeta chileno, que siempre se hizo el sordo cuando ciertas barbaridades sugerían que era mejor salir corriendo, podía ser bien infame si le tocaban a su padrecito Stalin. Piénsese asimismo en las demás personalidades de Europa del este: Cioran, situado muy a la derecha en su Rumania natal antes de la guerra, la citada Nina Berbérova, Milan Kundera, Vaclav Havel, etcétera. Pasada la Segunda Guerra Mundial, cuyas pesadillas y atrocidades corrieron más que todo por cuenta de la extrema derecha, la cosa siguió en forma aún más sesgada por su cauterizante camino, y al tiempo que Theodor Adorno expulsaba del paraíso a Kurt Weill por atreverse a descontinuar la tónica de su antigua colaboración con Bertolt Brecht, a Albert Camus le era retirado el saludo desde las torres de Temps Modernes por no comulgar con las bondades de la urss de Stalin ni con los métodos terroristas utilizados en la Guerra de Argelia. Transcurridos treinta años, dichas expulsiones y ostracismos son tardío objeto de vergüenza.

Después se publicaron las revelaciones del XX congreso del PCUS, salieron a la luz las atrocidades camboyanas y un buen día de 1989 el Muro de Berlín nos cayó encima a los ilusos, en la forma de un terremoto que desordenó las bibliotecas. Fue a poco andar cuando me embarqué en las citadas labores como editorminero, y desde luego que exploré con particular interés las ruinas dejadas por el reciente terremoto. De hecho, es en esa cantera caótica donde me sucede con inusitada frecuencia que encuentre textos muy agudos, desenfadados y provocadores, cuya procedencia está bastante a la derecha, al menos mi derecha (dirán mis contradictores que al publicarlos me ubico a su lado, pero, bueno, también hay que oír llover en esta vida); textos como “Give War a Chance” (“Hay que darle un chance a la guerra”), de Edward Luttwak, publicado originalmente en inglés en la revista Foreign Affairs, ventana estratégica del establecimiento americano, donde se explica que el prurito de evitar las guerras a toda costa, vigente a plenitud durante la Guerra Fría y por inercia después, puede eternizar algunos conflictos, o sea que con frecuencia el pacifismo a ultranza sirve para todo lo contrario de lo que sugieren sus más fervientes partidarios. O más recientemente “Los usos de la corrupción”, un análisis comparativo entre Italia e Inglaterra en la postguerra, firmado por Theodore Dalrymple.

Ya que la decisión de publicar el texto de Dalrymple fue la que en últimas motivó la escritura de este ensayo, creo oportuno hacer su presentación. Hurgando un poco, resultó que Theodore Dalrymple es el seudónimo de sabor aristocrático que usa el Dr. Anthony Daniels, un psiquiatra inglés que de tiempo atrás trabaja en un nada aristocrático hospital de Birmingham donde ha adquirido buena parte del conocimiento detallado de esa realidad británica que desnuda y pone patas arriba con tanto panache y tanta indignación para sus lectores. En el ensayo mencionado, Dalrymple compara las evoluciones de postguerra de Italia e Inglaterra para dar a partir de ahí un salto mortal que, al menos a mí, me dejó turulato. Su conclusión es que si un país ha de tener una gran burocracia, como sucedía no ya en la forma gangrenada que mató al comunismo en Europa del este, sino en la forma obesa aunque funcional del Estado de bienestar del occidente de Europa, es preferible que ésta sea corrupta. No se me oculta que detrás de todo ello está la noción francamente neoliberal de que al Estado hay que reducirlo a su mínima expresión, en cuyo caso, dice él, sí se necesita que la pequeña burocracia sea sana (no dice cómo se logra esto ni qué tiene que ver el tamaño del Estado con el grado de corrupción). En síntesis, yo no sacaría las mismas conclusiones que Dalrymple, pero su agudeza me iba infligiendo un golpe bajo en el costado izquierdo.

Ahí mismo recibí otro de la lúcida novela de Michel Houellebecq, Las partículas elementales, donde pone en ridículo con mucha gracia y tremenda amargura los presupuestos de Mayo del 68 y los muy mitificados años sesenta, incluyendo al amor libre, al ardor revolucionario de tono psicodélico y a esa exaltación de la juventud que nunca previó que la vida duraba y que una juventud vivida en forma de estampida podía acabar con sus alegres practicantes convertidos en ruinas achacosas. Houellebecq predica, lo que sin duda es una semilla de su decadencia posterior (sermones no le acepta uno ni siquiera a León Tolstoi), pero al mismo tiempo aprovecha con ironía macabra mucha de la basura irredenta que el ambiente progre le ofrece para emprender sus terribles razzias. También me dio una punzada un poquito más abajo del corazón la película Azúcar amarga, del cubano exiliado León Ichaso. En ella se descuartiza con indudable lirismo y contundencia la ingenuidad de quienes pensábamos que la libertad de la gente podía ser sacrificada con lujo de higiene en el altar de una alfabetización exitosa a la que, si acaso, se le agrega musiquita de guitarra. Sobra decir que la creciente estupidez de la izquierda no proscribe en ciertos cuarteles el viejo auge de la estupidez de la derecha, y que la película de Ichaso no basta para reabrir las puertas al exilio maiamuno y a su institución insignia, la Fundación Cubano Americana, el más eficaz grupo de apoyo con que ha contado Fidel Castro a lo largo de más de cuarenta años de ejercicio del poder.
 

Padecido el dolor en el costado izquierdo, uno supone que habrá buenas curas para él y procede a aplicarse ciertas hierbas del pantano. ¿Qué encuentra?, ¿con qué argumentos pretende la izquierda contemporánea contestar las descargas de Dalrymple, Milton Friedman, Luttwak, Houellebecq, Ichaso y Cía.? Es cosa de perder el consuelo; de salida hay tan poco de qué agarrarse, que los párrafos que siguen requirieron de una miniinvestigación, adelantada bajo la pregunta culposa de: ¿por qué no me habré enterado de nada?

Que al lector inquieto no se le ocurra viajar a México en busca de alivio, pues a poco de aterrizar tendrá que leer las “poéticas” letanías del subcomandante Marcos, todavía empeñado en cambiar el mundo, es decir, en cambiarlo para uzbekos y para indios cunas, para habitantes de la península escandinava y para mongoles. “Cambiar el mundo”, la frasecita en sí, cargada de obsolescencia, no la pronuncia a estas alturas sino alguien muy irresponsable o muy ingenuo. En ocasión solemne, justo cuando las huestes enmascaradas iniciaban la marcha que las condujo al Zócalo del D. F., el encapuchado mayor escribió: “Los indígenas mexicanos somos indígenas y somos mexicanos. Queremos ser indígenas y queremos ser mexicanos. Pero el señor de la mucha lengua y poco oído, el que gobierna, mentira nos ofrece y no bandera”. No sé que pensarán los lectores de las habilidades poéticas, o prosísticas, del famoso encapuchado, pero a mí tantas inversiones latinizantes de verbo y complemento (son muchos más los ejemplos en el texto citado: “arco y flecha somos”, “limosnas recibe”, “un lugar queremos”, “la tierra andamos”, “un espejo somos”), y tantas extrañas elipsis gramaticales, me recuerdan el hablado de Toro, el acompañante tonto del Llanero Solitario, quien pese a ser blanquito también se tapaba la cara. Sobra decir que una vez ingeridas las hierbas chiapanecas el dolor en el costado izquierdo se convierte en dolor de cabeza.

Sigamos con el breve inventario:

¿Los créditos nacionales Antonio Caballero y Alfredo Molano? Ni hablar. Caballero y Molano no han agregado a su repertorio ninguna idea de fondo en los últimos veinticinco años, y si uno hace a un lado el tono indignado y regañón que se gastan para intimidar al público y mantenerlo en babia, la impresión que se lleva es que les parece de lo más cómodo agitar puras ideas viejas.

¿La anterior Corte Constitucional colombiana con su fogoso ideólogo Carlos Gaviria a la cabeza? La Corte desarrolló una interesante agenda en el tema de las libertades y del derecho a la personalidad, diseñada sin duda para un país de ensueño, mucho más civilizado y menos enfermo de muerte que el nuestro. En cualquier caso, se trataba de un ideario no propiamente de izquierda cuanto liberal en el sentido filosófico. En contraste, la agenda en temas sociales y económicos era muy confusa y populista, o al menos yo no conozco las novedosísimas ideas rectoras que presidieron los fallos en estos campos.

Pero las carencias no paran ahí. Bajo la égida de la izquierda se han cobijado durante los últimos años multitud de fenómenos llenos de moho. Por ejemplo, una inmensa mayoría de la academia que predica en el newspeak del postmodernismo, idioma de mucha comilla y mucha bastardilla que ya no es redentor sino simplemente mazacotu¬do, se ha declarado siempre de izquierda. Los precursores, digamos Barthes o Kristeva, fueron crédulos maoístas en su día, y uno entiende por qué escogieron esa inclinación: porque si se hubieran guarecido bajo el toldo opuesto, los hubieran desenmascarado en un abrir y cerrar de ojos. Una inclinación parecida se encuentra en el así llamado arte contemporáneo, con su profusión de instalaciones, video letanías y mensajillos de arte conceptual. En ese mundo aburrido, los curadores que tanta basura bendicen lo hacen más que todo con la mano izquierda. De nuevo se entiende la actitud; allí tienen el consuelo de sentirse solidarios y comprometidos con unos desamparados que por lo demás no tienen tiempo de examinar las pendejadas que se hacen y dicen en su nombre, mientras que bajo el toldo contrario la crítica hubiera sido mucho más destructiva, esto es, esclarecedora. Lo grave es que la propia crítica, con escasas excepciones, se fue matriculando en el mismo costado de los instaladores, de los redentores y de los postmodernos.

Todo, supongo, proviene de haber adquirido malos hábitos intelectuales que hacen mella en quienes los adquieren. Está, de un lado, la utilización del poder y de la burocracia para, en medio de mucha salmodia “democrática”, forzar la renuncia o el ostracismo del contrario. Tanto en los reinos del arte plástico como en la academia postmoderna el ejercicio del poder con fines ideológicos resulta inocultable. Está, de otro lado, la tentación del sermón de la montaña, ese instinto evangelizador que aspira a cobrarnos las culpas que todos tendríamos por el hecho de haber nacido en un mundo injusto. El pasado es un fraude, ¿qué duda cabe?, una pesada estafa que nació antes de nosotros, pero una cierta frialdad civilizada nos advierte que el pasado es por sobre todo inmodificable y que cualquier noción que presuma que su peso nos obliga a mandatos irracionales es religiosa. Así, sin percatarnos del todo, estábamos ante una religión, hasta hace poco triunfante, que al igual que las más veteranas utilizaba el poder burocrático en alegre combinación con eficaces dosis de propaganda culposa.

Clío, la musa de la historia, solía ser una diosa de estirpe menor que vivía tranquila en el Olimpo. Por allá en el siglo XIX unos avivatos la quisieron poner a trabajar de sirvienta en su causa, y en venganza —o de puro aburrimiento— ella se lanzó por el despeñadero. Así, con la caída del Muro los fracasos de la teoría y la praxis de izquierda se fueron acumulado a ritmo asombroso, pues sobra decir que el estruendo no se limitó a Europa del este. En predios más cercanos, ¿qué tal el desenlace de la revolución nicaragüense, donde Julio Cortázar se gastó sus últimos cartuchos revolucionarios? Más que una tragedia —género noble que exige una cierta altura de miras a la hora de enaltecer la caída del héroe—, lo de Nicaragua fue un pantano de mediocridad, una calamidad indigna, un cementerio de ilusiones. Para angustia de sus seguidores, el comandante Daniel Ortega demostró con los años que era un político tan sucio como el que más.
 

Ahora que la polvareda del terremoto ha empezado a asentarse, caemos en la cuenta de que la conclusión más dañina que se derivaba del esquema maximalista de Marx era la fobia a las reformas eficaces, analizada con claridad por Rosa Luxemburgo en su libro Reforma o revolución y ratificada por Lenin. Si se considera que el sistema capitalista es irreformable, se sigue que toda reforma intentada debe ser temporal y debe tener por único fin la agudización de las contradicciones y el derrocamiento del Estado. Esta noción infortunada no sólo desprestigió a las reformas y las hizo girar en perpetua crisis de inoperancia, sino que dejó el tema en manos diferentes de las de la izquierda, lo que en últimas impidió la implantación de reformas perdurables. En América Latina, para citar un ejemplo obvio, hasta ahora se está pensando en serio en hacer reformas sociales y educativas de gran calado. ¿Por qué fueron tan endebles, tan volátiles y tan corruptas estas mismas reformas en los últimos ochenta años? Me temo que mucho de ello se debe a la perniciosa influencia del maximalismo teórico derrotado.

Hundido todo un continente epistemológico, el obstáculo mayor ahora parece ser espiritual y filosófico, o sea, de instrumentos intelectuales que permitan abordar los problemas. Recordemos que el invento de Marx se basaba en una premisa en extremo astuta: utilizaba una plataforma religiosa, con paraíso terrenal incluido al final del camino, y anclaba el devenir en unas teorías deterministas muy sofisticadas y concretas sobre los pasos que daría el curso sucesivo de la historia. Lo malo de sentarse a jugar en la mesa de ruleta de la historia es que tarde o temprano la bolita deja de rodar y cae en un número preciso, entregando un veredicto que en este caso resultó catastrófico. El impasse crucial, de todas maneras, no está en el estruendo de los fracasos en sí; está en que no hayan sido aceptados a cabalidad. Resulta sorprendente que los pocos análisis que hizo la izquierda de la debacle reciente no sean ni autocríticos ni retrospectivos. Nos derrotaron, dicen, porque tenían más fuerza que nosotros, no porque tuvieran más razón. Mucho menos se nos explica de dónde saldrán las nuevas ideas globales que han de guiar un proceder de izquierda o si hay que olvidarse de una buena vez de la posible emergencia de ideas globales.

Dada la miopía retrospectiva, el impasse perdura hasta el día de hoy en la parálisis conceptual. Esto quizá se haga más visible al analizar por un momento la posición de las izquierdas frente a la globalización. Las protestas contra el fenómeno han resultado muy animadas y muy ruidosas, pero al mismo tiempo irradian una tremenda confusión, hasta el punto de que en distintos países, o incluso en una misma manifestación, se agitan banderas antagónicas. Además de la contradicción intrínseca, una segunda debilidad notoria de la ola antiglobalizadora es que opone al capitalismo global un antídoto meramente defensivo, o peor aún, derrotista. La conclusión ineludible es que la gente de la izquierda se está volviendo muy conservadora, si no es que se volvió conservadora del todo. Ahora les encanta el pasado y les aterra el futuro. Recordemos, por lo que valga, que no solía ser así para nada. ¡El bote que han dado es total! En un tiempo se luchaba por acelerar un proceso que desembocaría en el socialismo y demás etapas teorizadas por Marx; hoy se lucha por detener el desarrollo y por regresar quién sabe hacia dónde, porque les cayó del cielo que allá al final no hay nada bueno.

De modo que la saga cambió de coordenadas en forma radical. Si durante el auge del modernismo en el siglo XX se consideraba necesario escapar del pasado, según escribía hace poco Milan Kundera, últimamente fue necesario escapar del futuro, no del inevitable que nos espera si seguimos vivos, cuanto del que diseñaron para nosotros los devotos de la religión del progreso. Que no era nada más progreso político, pues los esperpentos futuristas de un cierto mamertismo arquitectónico, en boga hace cincuenta años, al final de cuentas resultaron inhabitables. Para la muestra, en Bogotá tenemos el triste y desvencijado Centro Nariño. Hay, pues, mamertismos de variado cuño.

La pregunta pertinente quizá sea: ¿por qué a lo largo y ancho de los dominios de la intelligentsia sigue siendo tan intensa la resistencia a desmontar la teología del progreso? En parte ha de ser porque el intelectual progresista hace las veces de profeta, de sacerdote del oráculo de Delfos, y se resiste a ceder esta condición mágico ritual. Hay el temor (o el pánico, para usar una palabra muy adecuadamente griega) al cambio futuro, fomentado por los dueños de la tecnología con el futurismo rampante de su “cultura” espontánea: a muchos les resulta horrible pasar por anticuados y les aterra la noción de que el tren de la historia los va a dejar plantados. Pero si el tal tren no va para ninguna parte significativa o si da vueltas en redondo, ¿qué?, ¿de todos modos hay que abordar? Se olvida, entre otras cosas, que el papel fundamental que a partir de la Ilustración desempeñó el intelectual no fue el de pasajero “progresista” sino el de crítico; también, cómo no, crítico del progreso, crítico de las teologías, crítico de la credulidad, sea ella de izquierda, de centro o de derecha o, como lo indica la etimología de la palabra “revolución”, de aquellos procesos que tienden a volver al punto de partida. Muchos intelectuales fueron tomados como rehenes durante el envolvente proceso y todavía no se percatan del todo.
 

Para terminar, insistamos en una obviedad: la crisis de la izquierda no se debe a falta de filones para su ejercicio militante. Un segundo miniinventario lo demuestra:

El tema palestino constituye sin duda un territorio fértil para la denuncia apasionada, y los izquierdistas serios que quedan, digamos los editores de la New Left Review, se han instalado en él con furor. Está muy claro que en la vieja Palestina Estados Unidos —y Occidente por su conducto— se ha dejado arrastrar a un terrible atolladero. Allí se ha venido insistiendo en el garrafal error de apoyar de forma casi incondicional a Israel, sin importar el grado de fanatismo al que lleguen sus dirigentes, y para el efecto se ha recurrido a la pésima mezcla del uso abusivo de la fuerza y de la diplomacia dilatoria. En medio de mucho cinismo, es particularmente espurio el uso que se hace allí de la noción de democracia, en contra del principio básico de que el Estado que quiera merecer el apelativo no puede ser confesional ni puede privilegiar un credo o una etnia sobre las demás. Cuál no será el nivel del enredo, que algunos analistas americanos hablan, sin parpadear ante la monstruosidad de la ironía implícita en la propuesta, de construir un Muro de Berlín, literalmente, alrededor de los territorios palestinos ocupados. En justicia hay que agregar que entre los enemigos de Israel, aliados o no de Occidente, la democracia tampoco es la flor de cultivo preferida. En síntesis, una zona de desastre llena dirigentes belicosos y dementes que quieren parcelar la tierra según los mapas legados hace milenios por sus dioses.

En temas más globales, está el daño que producen las migraciones incontroladas del capital financiero y la ineptitud de las instituciones que deben reaccionar a sus estragos. Es muy factible que algo semejante al Plan Tobin llegue a implantarse, o sea alguna forma de control internacional sobre el flujo especulativo del capital financiero. En esto la posición de Estados Unidos no es tan sólida como se les antoja a los profetas del pesimismo que ven por todas partes el Apocalipsis del neoliberalismo triunfante: Estados Unidos ha exportado toneladas de papel moneda y tiene una gran deuda dando vueltas por el mundo. Es peligroso para ellos que se restrinja la circulación de la deuda que emitieron, so pena de que de repente la gente deje de interesarse en adquirirla, pero es asimismo peligroso que su moneda ambulante sea blandida como una arma destructiva de naciones y, ¿por qué no?, del propio Estados Unidos en algún día no remoto.

Y qué decir de la dañina prohibición al uso y comercio de drogas psicotrópicas. El prohibicionismo actual, que afecta con particular crudeza a Colombia, obliga a los Estados Unidos a dilapidar en él manotadas del capital político que deriva de su privilegiada posición de única potencia mundial. ¿Beneficios obtenidos? Muy pocos: quizá algo de control interno sobre la población no blanca —o sea algo de racismo triunfante—, algo de consolidación temporal de sus clases dominantes, versus una destrucción social y un desperdicio económico de proporciones colosales. En suma, más que un crimen, otro error garrafal.

Tampoco puede olvidarse el drástico cambio de perfil demográfico que espera a las sociedades blancas occidentales, en buena parte un subproducto problemático de la emancipación de la mujer. Pronto la situación actual se revelará insostenible: al tiempo que se restringen las migraciones al máximo, por todos lados se proclama la necesidad de futuras migraciones masivas. Tan palmaria es la contradicción, que aquí es posible profetizar con todas las letras que sin un movimiento mucho mayor de gentes en el mundo, no sólo la globalización estará en cuestión, sino la propia subsistencia de las sociedades avanzadas. Sería, además de irónico, justo que en unos pocos años los países ricos entren a competir furiosamente por la mano de obra de los países que todavía mantienen tasas de natalidad importantes o que desean exportar la parte de población joven que sus economías no son capaces de absorber.

En términos más generales, la vieja y venerable figura del americano feo no ha desaparecido; los hay que quieren vendernos comida basura, como la que José Bové y sus alegres muchachos están devolviendo a los dueños de McDonald’s, bonos basura, como los que a cada tanto hacen implosión en los mercados internacionales, y hasta basura física, si nos dejamos. Analistas por el estilo de Noam Chomsky creen que ante dichas ofertas el resto del mundo no tiene más remedio que ser una víctima paralítica, una suerte de menor de edad colectivo sin opción diferente de gritar como desesperados. Pero no dejarse tampoco implica negarse a las transacciones; simplemente significa que a veces se puede decir que sí, a veces que tal vez, y que con frecuencia se tiene que decir que no. Esta última perspectiva está muy lejos de ser imposible, si se aborda con sentido de la medida y de la oportunidad.

Yo opino, como imagino que opinan muchos, que para la salud del mundo del intelecto no es indiferente el resurgimiento de una izquierda inteligente, provocadora y alerta; y, recurriendo a una última dosis de panglossiano optimismo, supongo que con el tiempo habrá alivio para mis dolores y punzadas en el costado izquierdo, así como para los de otra gente cuya pulsión solidaria no les permite dejar todo en manos de un mercado indolente y de unas multinacionales que sólo juran por el valor accionario y por el balance general. También espero que sea permanente la redención del extremo centro que antes de la caída del Muro de Berlín era un limbo y un basurero de gente muy valiosa. En un país como Colombia, donde so pretexto de la revolución y de la injusticia social se han cometido tantos crímenes durante tantos años, este centro, vaciado durante décadas por el clientelismo bipartidista de un lado y por la succión del machismo militante del otro, es indispensable para el progreso, cualquiera sea la forma que esta vieja y vapuleada palabra quiera asumir entre nosotros y en el mundo.

Eso sí, no espero que los analgésicos provengan de quienes se apoltronaron en sus convicciones y optaron por dejar de pensar.
 

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Comentarios a esta entrada

Su comentario

Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

Marzo de 2002
Edición No.37

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

El cordero crudo de El Vegano Arrepentido


Por Karim Ganem Maloof


Publicado en la edición

No. 210



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Carta de la editora invitada


Por Rocio Arias Hofman


Publicado en la edición

No. 217



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La mamá del escritor


Por Santiago Gallego Franco


Publicado en la edición

No. 207



¿Quién fue Thelma Toole, a quien le debemos que La conjura de los necios, un clásico contemporáneo, haya visto la luz? [...]

De caricaturas


Por Jesús Silva-Herzog Márquez


Publicado en la edición

No. 210



Tras la decisión del New York Times de no seguir publicando caricaturas en su edición internacional, el gremio de humoristas ha salido a protestar con carteles en blanco, pues los obispo [...]

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Poetour en una ciudad andina

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