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El Malpensante

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Un dolor en el costado izquierdo

¿En qué momento se varó la izquierda? La pregunta importa, tanto si uno quiere que siga varada, como si quiere que vuelva a caminar. Los más jóvenes han pedido balances de lo que pasó: he aquí uno.

Sí, tengo un dolor en el costado izquierdo, pero antes de explicar por qué lo tengo, debo dejar sentados unos cuantos precedentes importantes. Soy lo que se suele llamar un hijo de papá; o sea que mi papá y mi familia formaron parte, no de una verdadera aristocracia en el sentido europeo del término —tal cosa no existió nunca en Colombia—, pero sí de la vertiente de la élite colombiana que a lo largo del siglo XX fue afín al dominante Partido Liberal. En consonancia con ello, mi familia tuvo dinero (en términos colombianos, no sauditas), y fui educado con un mínimo sesgo cosmopolita, según las costumbres predominantes entonces, en un colegio tradicional bogotano hasta los catorce años y luego en un prep school americano hasta el final del bachillerato.

Toda educación implica un indicio de destino, y el mío estaba más o menos trazado cuando regresé al país en 1972 y emprendí lo que con alguna caridad por parte del lector quiero llamar mi propia educación, la autoinfligida, la que lleva implícita alguna contribución personal. Ésta pronto me llevó bastante más hacia la izquierda de lo que la tradición y los designios familiares sugerían. No pretendo patentar en ello mayor originalidad salvo para decir que hacia fines de los años setenta pasé por las militancias al uso en grupos de intelectuales socialistas, desbandados no tanto por los atropellos del establecimiento, cuanto por los de la otra izquierda, la militarizada y radical, que en esa época desató un proceso de infiltración inclemente hacia los sectores menos extremistas. Un acto de sensatez me llevó a apartarme de las peligrosas sendas que apuntaban más que todo a las montañas, aunque también la constatación dolorosa de que las estructuras políticas que fomentábamos en los grupos de izquierda de entonces eran mucho más verticales y menos democráticas que las que se apoyaban en los decrépitos partidos tradicionales a los que queríamos enviar para siempre a Miami.

Un segundo golpe de sensatez evitó que en el proceso de desbandada de la izquierda me convirtiera en lo que alguna vez llamé “un mamerto de derecha”. Para los lectores de otras latitudes, “mamerto” es el apelativo despectivo que se aplica en Colombia a los miembros, ahora escasísimos, del Partido Comunista local, y en forma más amplia a la dogmática de izquierda, tanto en materia política como sociocultural. Aseguraba Jorge Child,...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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