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El Malpensante

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El testamento del viejo Mile

Sencillo: si Emiliano Zuleta no fuera envidioso y arrogante, jamás habría llegado a ser un gran juglar. "Compositores mejores que yo", dice, "hay muchos. ¡Pero el que compuso 'La gota fría' fui yo!". Mujeres, parrandas, picardías y nostalgias redondean este testamento del viejo, al filo de sus 90 años recién cumplidos.

A los 86 años Emiliano Zuleta Baquero conoció el aburrimiento. Ocurrió en septiembre de 1998, cuando sus problemas cardíacos lo forzaron a marcharse del pueblo de Urumita para la ciudad de Valledupar. La mudanza fue ordenada por sus cardiólogos, con el argumento de que en Valledupar era más fácil controlarle la salud. Antes de venirse para acá, dice Zuleta, había sentido el dolor y la tristeza, jamás el tedio.

—Uno se aguanta el dolor y tarde o temprano lo supera —advierte—, pero esto de ahora es lo peor. Yo creo que es mejor morirse que estar aburrido.

Desde su taburete de cuero, el compositor Alberto Murgas, que me acompaña, guiña un ojo. Cuando veníamos por el camino, me había contado que el hastío de Zuleta en Valledupar se debe a que se siente reprimido por sus hijos mayores, que viven aquí y no le permiten ni oler un trago de whisky. En cambio en Urumita, lejos de esa supervisión exasperante, bebía todos los fines de semana.

Desde cuando a Zuleta le instalaron el marcapasos, sus amigos sólo lo visitan de lunes a viernes. Los fines de semana se le pierden, porque saben que él los invitará a tomar unas copas y no quieren pasar por la pena de decirle que no a un hombre que merece respeto. Complacerlo implica el peligro de matarlo, y nadie está dispuesto a echarse encima la cruz de ese muerto.

De repente, Ana Olivella, la compañera de Zuleta, llega al patio con una bandeja que contiene tres pocillos de café tinto y un tarro de azúcar. Le sirve primero a los visitantes y después se dirige a su marido:

—El suyo no lo endulcé, viejo Mile.

Ana Olivella es una mujer tímida que responde con frases estrictas a lo que se le pregunta. Si no se le pregunta nada, puede permanecer callada durante horas. A veces, cuando sus ojos se tropiezan con los del visitante, esboza una sonrisa que evidentemente le cuesta trabajo, y en seguida desaparece de la escena de la misma manera en que ha aparecido: caminando con sigilo, casi en puntillas, como queriendo volverse leve para que sus pisadas no llamen la atención.

Cuando la mujer se marcha, Zuleta dice que si por lo menos tuviéramos una botella de whisky la conversación sería agradable. Hago como si no hubiera entendido la insinuación.

En este instante, no tiene aspecto de víctima. La simple evocación del licor pareciera emborracharlo de alegría.

—A mí el ron me gusta tanto —dice, con los ojos encendidos&...

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Alberto Salcedo Ramos

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