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El Malpensante

Artículo

La nueva utopía

Sobre la más reciente revolución científica

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Hasta hace poco tiempo muchos lamentaban la pérdida de esas utopías que, desde su invención, eran como maná celestial para la parte pensante de la humanidad. Tales concepciones se diferenciaban de los meros deseos, más propios de los cuentos de hadas, por su forma racional tendiente a mejorar radicalmente nuestro destino. Las utopías eran en su totalidad, y muy especialmente las europeas, fotocalcas en azul para la construcción de sociedades ideales, en las cuales no el viejo Adán sino el Hombre Nuevo tuviera la palabra. Todos los intentos por volverlas realidad terminaron, tarde o temprano, en la resaca después de la borrachera; la última vez, el anno mirabili 1989.

La psiquiatría nos ha enseñado qué fácil es pasar de un estado depresivo a una fase maniaca —y viceversa—. Hay indicios que permiten albergar la sospecha de que tales cambios bruscos no sólo se presentan en pacientes individuales sino, también, en grandes colectividades. En las décadas de los setenta y los ochenta del siglo pasado pareció dominar la depresión. Por todas partes se ensayaban escenarios de ruina y decadencia. La Guerra Fría, con sus bloqueos y conflictos de representantes, había conducido a la paralización de la política mundial. Catástrofes ecológicas de todo tipo se anunciaban por doquier. El Club de Roma profetizaba un agotamiento a corto plazo de todos los recursos no renovables. Se hablaba del invierno nuclear. Un tono apocalíptico se extendía no sólo sobre la pantalla de las películas de Hollywood y la televisión. Al parecer las sociedades occidentales habían celebrado el fin del mundo antes de tiempo. Pero ya mucho antes del fin de siglo se anunciaba la fase maniaca, no encabezada esta vez por la filosofía de la historia y sus promesas de redención; ningún partido, ninguna ideología política se presentaba con un nuevo proyecto de humanidad. Por el contrario, el colapso del comunismo había dejado tras de sí un vacío ideológico imposible de llenar por ninguna izquierda, fuera nueva o vieja.

Las nuevas promesas utópicas provenían esta vez de los institutos de investigación y los laboratorios científicos y no tardó mucho en que un optimismo fantástico dominara la escena. De la noche a la mañana retornaron todos los temas del pensamiento utópico: el triunfo sobre todas las carencias y necesidades de la especie, sobre la estupidez, el dolor y la muerte.

De pronto, para muchos, era s&oacu...

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