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El Malpensante

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Los polizones

Carta de Casablanca

A la hora de huir de un país la gente puede y suele hacer locuras. Uno pensaría que un camión es un vehículo impenetrable, hasta que trata de pasar con una carga de textiles por el estrecho de Gibraltar.

“¿Sabes lo que haría yo?”, preguntó Ned, mirando de soslayo con la mayor seriedad y un ligero espasmo en la boca.

“No”, dije yo. Imposible escapármele. Tenía aquella mirada de convicción repentina.

“Les echaría una bomba H a todos los países árabes”.

“Ah”, dije yo, callándome y asintiendo estúpidamente. Luego de tres días de conversaciones con camioneros no tenía ganas de entrar en otro interminable debate sobre nuestras limitaciones en historia global y justicia natural. Me interesaban más los hechos. Además, Ned tenía miedo. Era su miedo el que hablaba.

Estábamos en el United Seamen’s Service Centre, a la salida del puerto, en Casablanca, un hogar lejos del hogar para unos trescientos camioneros británicos que hacen carretera desde Marruecos, importando telas y artículos alimenticios a Europa. En calidad de bar más antiguo, perteneciente a un americano (fundado en 1952), este chato edificio blanco, rodeado de camiones aparcados y dotado de una cervecería tropical y mesas de billar, puede reclamar ser un auténtico equivalente del ficticio Rick’s Bar. Y a pesar de la enorme brecha entre el cuento romántico y la realidad moderna, la película y el lugar siguen compartiendo un tema: mucha gente sólo piensa en salir de Casablanca.

En su segundo viaje Ned iba a recoger un cargamento de ropa para uno de los minoristas británicos. Dentro de un par de días conduciría hasta una de las zonas industriales en los suburbios y dedicaría varias horas a cargar el camión. Luego se iría directo a Tánger, sin parar ni siquiera en los semáforos, si podía evitarlo.

Cuando estuviera cargando, tal vez tendría que sacar a los jóvenes marroquíes por las piernas o el pelo antes de que se metieran de cabeza bajo los anaqueles de las prendas envueltas en polietileno, o tal vez sólo tuviera que asegurarse de que los pequeños grupos de chicos, con cuchillos y alicates, que merodeaban por la parte trasera del camión, no se acercaran lo suficiente para hacer un desesperado y a menudo fatal intento de viajar de polizones. Una vez en marcha, perseguido por un puñado de ciclomotores, casi seguro que le dañarían los candados o le harían un agujero en el techo del remolque. Como mínimo, tendría a futuros emigrantes calibrando el tamaño del compartimiento del motor, los spoilers y los arcos de las ruedas.

En el...

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Justin Webster

(Aldershot, Reino Unido, 1963). Es periodista y director de documentales. Ha escrito para medios como The Independent, Granta, The New Statesman, The Boston Globe, The Sunday Telegraph y El País. Desde 1991 vive en Barcelona, donde creó en 1996 la productora JWP.

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