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El Malpensante

Breviario

¿Cómo se pagan las deudas cuando se tiene genialidad?

 Este artículo del gran poeta galo apareció en Le Corsaire-Satan el 24 de novimebre de 1845 y es quién lo dudaun buen ejemplo de la camaradería que siempre reina entre los escritores.

 

 

La siguiente anécdota me fue contada con la súplica de no narrarla a nadie: es por esto que pienso repetirla para todo el mundo.


... estaba triste, a juzgar por sus cejas fruncidas, su larga boca menos relajada y menos carnosa que de costumbre, y la manera brusca, cortada, de su tosco caminar por la vía doble de la Ópera. Estaba triste.

Era él, la más grande mente comercial y literaria del siglo XIX; él, el cerebro poético tapizado de cifras como el despacho de un banquero; sí, era él, el hombre de las quiebras mitológicas, de las empresas hiperbólicas y fantasmagóricas de las que olvida siempre encender el farol; el gran perseguidor de sueños, sin tregua en la búsqueda de lo absoluto; él, el personaje más curioso, el más cómico, el más interesante y el más vanidoso de los personajes de La comedia humana, él, ese narrador tan insoportable en la vida como delicioso en sus escritos, ese niño regordete hinchado de genio y de vanidad, que tiene tantas cualidades y tantos defectos que dudamos en restar unas por perder las otras, y, de esa manera, ¡dañar a esta incorregible y fatal monstruosidad!

¡Qué tenía entonces para estar tan negro, el gran hombre! ¿Para caminar así, el mentón sobre la panza, y forzar su rugosa frente secándola hasta volverla piel de zapa?

¿Soñaba con lujos baratos?, ¿con puentes colgados en hilos de lianas?, ¿con una quinta sin escalera y camarines estirados en muselina? ¿Alguna princesa, acercándose a los cuarenta, le había lanzado una de esas miradas profundas que la belleza debe al genio? ¿O su cerebro, inflado por alguna máquina industrial, era atormentado por todos los Sufrimientos de un inventor?1

No, ¡ay! no; la tristeza del gran hombre era una tristeza vulgar, rastrera, innoble, vergonzosa y ridícula; se encontraba en ese mortificante instante —que todos conocemos— donde cada minuto que se va, lleva en sus alas una oportunidad de salvación; donde — ojo puesto en el reloj— el genio de la invención siente la necesidad de doblar, triplicar, decuplicar sus fuerzas en proporción al tiempo que disminuye, y la rapidez cada vez más próxima de la hora fatal. El ilustre autor de la Teoría de la letra de cambio tenía que pagar, al día siguiente, un boleto de mil doscientos francos, y ya estaba bien entrada la noche.

En este tipo de eventos, l...

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