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Columna

¿Jubilación anticipada?

En medio de las muchas voces que predicen un trágico panorama para el libro y su industria, ¿qué les espera a los editores?

©Dimitri Iundt • Tempsport • Corbis

 

Hace poco me pidieron que escribiera un texto largo sobre un asunto relacionado con la industria editorial, para una revista académica de la universidad donde trabajo. El encargo me agradó porque es una publicación realmente buena, y con un diseño muy elegante, pero además ni modo, estaba obligada: puesto que trabajo en un postgrado en edición, se supone que algo tengo que saber sobre el tema. De todas formas me di ochocientas vueltas y a ratos pensé que no sería capaz, primero porque yo no sé escribir en académico, yo solo escribo en común y corriente, y segundo porque ya estoy modulada para producir 3.500 caracteres, que es una columna de diario, o bien 7.000 caracteres, que es más o menos lo que escribo mensualmente aquí, pero no acostumbro a tender sábanas de 18.000 caracteres, y menos si tengo la sospecha de que ni mi abuelita los va a leer. Finalmente, cuando ya se hizo evidente que no tengo poderes telequinésicos y que el computador no iba a hacer el trabajo solo (y con lo caro que es, debiera), logré llenar un montón de páginas sin hacer demasiados chistes malos y pergeñando incluso unas muy doctas notas al pie, que lamentablemente eran lo mejor del texto, cuando se supone que debe ser al revés.

Lo interesante, o patético, o normal, es que terminé dejando fuera el tema que iba a ser el hilo conductor de mi larga sábana sobre la evolución del oficio editorial. Fue inconsciente pero ahora veo la razón: me mimeticé con el entorno y no me pareció elegante hablar de mutaciones, negocio, digital, mercado; queda mejor, más “fino”, hablar del pasado, de Feltrinelli, de Einaudi, de Max Perkins, de Jérôme Lindon, tan lindo. Pero lo cierto es que, si bien hacer memoria y respetar a nuestros mayores es bueno y necesario, no podemos quedarnos en nuestra mullida burbuja de papel, hablando de su olor irreemplazable y sintiéndonos superiores por eso; tenemos que hablar, pues, de cosas desagradables. O más bien interesantes, patéticas, normales.

Por ejemplo esta. Una de las consecuencias tediosas del proceso de cambio brutal y apanicado que hoy vive el oficio y la industria es la inevitable proliferación de los gurúes del libro. Están por todas partes, los dizque consultores, y aunque son muy útiles también producen cierto desasosiego, no porque sepan algo que los demás no sabemos, sino precisamente porque no parecen saber lo suficiente1; al menos para transmitir la certeza de que en el fascinante pero incierto nuevo mundo digital va a mantenerse la idea de que es importante leer textos largos que constituyen una unidad de sentido (antes conocidos como libros). No es su culpa. Dije tedio, dije desasosiego, pero también entiendo que es difícil predecir el futuro, sobre todo cuando no es evidente que tenga un lugar reservado para nosotros. Y nadie anuncia voluntariamente su extinción, ni tonto que fuera.

De todos modos, hay ciertas ideas en las que todos parecen estar de acuerdo y que las empresas con más espaldas –o alas– ya han comenzado a tentar. Ese discurso de lógica comercial dice más o menos así, en la formulación de Richard Nash, quien ya habla de publishing 3.0 (oh, lo del medio parece que me lo perdí): en el siglo XX, el único que tenemos como referencia de la edición moderna, básicamente la pregunta que importaba era qué publicar, y a qué precio, pero en el siglo XXI esa pregunta ya no tiene sentido. Puesto que la oferta digital de títulos tenderá a ser infinita, y por lo tanto el precio del contenido tenderá cada vez más hacia el cero, ya no importa demasiado qué publicar, ni cuánto podemos cobrar por ello. Entonces, si ya no se puede controlar la oferta, hay que controlar la demanda. En otras palabras, ahora la pregunta clave en el negocio editorial es: qué quiere la gente.

(Silencio. Estupor. Temblores.)
¿Qué quiere la gente? ¿Pero cómo es posible, Richard, querido? ¿Me estás diciendo que hasta ahora los editores no se preocupaban por lo que la gente quiere leer? Pareciera que no mucho, no demasiado, no todos: esta es la doxa ahora. Riccardo Cavallero, mandamás del grupo Mondadori, lo dijo hace un año en una entrevista, y con turbadora claridad: “Tenemos que entender por primera vez lo que el lector quiere. Hasta ahora hemos vivido en una burbuja de lujo donde podías casi prescindir de lo que el lector quería…”. Oh, vaya. Podríamos discutir esta noción, negarla, reírnos de ella, pero sigamos adelante y entendamos estas palabras no como una cándida admisión de culpa sino como una primera manifestación de la nueva estrategia: adular al lector, mimarlo, encontrarle toda la razón, pero qué inteligente que es, etcétera. Tiene sentido, sobre todo a gran escala, pero es al llegar al “cómo” que a algunos nos empieza a tiritar un ojo. Saber qué quiere la gente, qué necesita, hoy en el lenguaje del mercado significa crear o captar comunidades de lectores2, producir libros personalizados, promover encuestas y concursos entre los fans de una “saga”, estar en las redes sociales, sacar de gira a los autores, mostrarlos en otras facetas, hacerlos figurar y en general proveer nuevas formas de contacto directo entre ellos y el público.

¿Se entiende, verdad? Ya que el libro se esfuma o difumina como objeto, como producto, a los editores lo que nos va quedando es gestionar directamente la gallina: el autor como producto, como espectáculo. Cuando hay mucho donde elegir, incluso entre las obras de calidad literaria, hay que empezar a funcionar como agente artístico más que como editor. Puedo entenderlo, tiene lógica y está probado que funciona, al menos con ciertos autores. Pero eso implica estar al teléfono todo el día. Eso implica muchas, muchas cenas. ¿Qué hacemos entonces con los escritores y los editores más introvertidos, los que arrancan de la foto, los amigos del rincón, del silencio, de una sociabilidad pausada y en lo posible de uno en uno? ¿Qué hacemos con una vida entera leyendo lo máximo y hablando lo mínimo? Pues no lo sé, solo digo que odiaría que nos consideraran una especie de respetables anticuarios, pero, al mismo tiempo, no nos hemos quemado las pestañas una pila de años para terminar convertidos en mánagers, con perdón de los profesionales de las relaciones públicas.

Todo esto es muy exagerado, por supuesto, pero, ¿para qué se escribe si no es para ensayar algo que todavía no ha sucedido?

Simplemente no lo voy a hacer.

Y entonces pensamos que quizás no es tan mala idea la jubilación anticipada.

_______________________________________________________________

 

1. En 2002, o sea hace nada, Jason Epstein predijo por ejemplo que en 2010 más de la mitad de los libros que se vendieran en el mundo serían títulos producidos por impresión bajo demanda, y ahora vemos que andaba completamente perdido.

2. Ya hay muchas, pero el lector de El Malpensante quizá no se sintiera a gusto en ellas, pues por ahora las más activas son un reflejo de preferencias masivas de lectura que no tienen espacio en los medios tradicionales, pero no por su sofisticación precisamente; la última vez que miré en una, los libros favoritos de la semana eran un manual de boy scouts, el libro de los Testigos de Jehová y El Tercer Ojo, de Lobsang Rampa.

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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