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El Malpensante

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Antes de hablar, tengo algo importante que decir

Tres textos de Groucho Marx

Presentación y traducción de Juan Carlos Garay

Gafas redondas, gran bigote y un puro en la boca hicieron del rostro de Groucho Marx un ícono de la pantalla. Menos conocida es su faceta de escritor, en la cual también brillaba con una luz incandescente.

Ilustración de Brian Taylor

 

Julius Henry Marx (1890-1977) pasó a la historia de la comedia con un par de sellos característicos. Uno fue la combinación de gafas redondas, bigote grueso y un infaltable puro en la boca, rasgos que convirtieron su rostro en algo muy cercano a un logotipo. El otro, intrínsecamente unido, fue el sobrenombre que le puso el actor Art Fisher y que terminó llevando durante las últimas seis décadas de su vida: Groucho.


Alguna vez dijo que el sobrenombre le disgustaba pero que lo aceptó porque al menos sonaba mejor que su nombre de pila. Y todo fue irreversible cuando la literatura se lo apropió. En las primeras páginas de Finnegans Wake, James Joyce lo saca a relucir como verbo: “grouching”, lo cual, sabiendo del amor que el cómico profesaba por los libros, fue seguramente uno de los mejores elogios.

De los tres hermanos Marx, Harpo era el mudo, el de las pantomimas. Chico imitaba un acento extranjero y todos sus chistes se basaban en el malentendido. Groucho, en contraposición, se hizo un ilusionista de la palabra. Jugaba con parónimos y con salidas de contexto, exponía premisas surreales para llegar a una conclusión acomodada, remataba conversaciones con frases tan lapidarias como hilarantes, todo con una rapidez que dejaba mudo a cualquier interlocutor.

Es cierto que tenía libretistas que trabajaban para él, pero también es cierto que nunca recitaba un libreto tal como se lo entregaban. Siempre tenía algo que agregar y que, sin duda, lo mejoraba. En la película Animal Crackers, de 1930, su personaje, el capitán Spaulding, acaba de llegar de África y cuenta una retahíla de aventuras exóticas: “Una mañana le disparé a un elefante, estando todavía en piyama”. Y entonces remata: “Cómo hizo el elefante para ponerse la piyama, no lo sé”.

Groucho Marx leía, leía mucho. De adolescente, su idea de las vacaciones perfectas era sacar una pila de libros de la biblioteca pública y leer sin descanso todo el verano. Cuando a principios de los años treinta la crítica europea comparó el mundo de los Marx con el de François Rabelais y el de Lewis Carroll, él era el único de los hermanos que conocía esos referentes. El...

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