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El Malpensante

Artículo

Contra el gran malentendido político

Cuatro contras

Democracia y justicia social no son sinónimos. La bienintencionada confusión de los términos podría estar teniendo implicaciones políticas no tan inofensivas.

Fotoilustración de Pete McArthur

 

Cuando recibí el e-mail apareció otra vez ese constante déjà-vu. El mismo tema, la misma discusión que irrumpía en mis seminarios, o con ideologizados colegas; esa instantánea reacción que surge frente a cientos de réplicas similares; en fin, otra vez la sensación de impotencia ante el gran malentendido que se repite y repite, sin contemplación ni descanso.

Para mí no es broma. Como consecuencia de ese malentendido ha habido grandes desastres históricos. Es también el malentendido que explica por qué hay personas a las que reconozco sensibilidad, inteligencia, cultura y, sin embargo, no vacilan en identificarse con las más terribles dictaduras aduciendo que ellas portan consigo la defensa de los oprimidos, la promesa de la igualdad, la redención de los pobres, en fin, el reino de los cielos sobre la tierra.

El remitente del e-mail mencionado pertenece sin duda a ese tipo de personas. Muy respetuosamente me escribió que estaba de acuerdo con mi crítica a las dictaduras y a los gobiernos autocráticos, crítica que he venido realizando en diversos artículos. Pero no hay que olvidar –agregó– que en muchas así llamadas democracias existe una dictadura de los más ricos sobre los más pobres. Luego, sin justicia social no es posible hablar de democracia. El capitalismo es también –dictaminó– otra forma de dictadura.

Yo entonces deslicé el ratón, copié la respuesta que había enviado al penúltimo lector que me había escrito algo muy similar, cambié el nombre del destinatario, una que otra palabra, y envié el mismo mensaje. Dice así:

Yo creo que hay una confusión, y no solo es suya. Justicia social y democracia son dos cosas muy diferentes. La democracia es una forma de gobierno y de organización política y esa forma no garantiza de por sí la desaparición de las desigualdades sociales. Lo que sí otorga la democracia son vías para que la lucha por una mayor igualdad sea posible. Esas vías no existen en una dictadura. Y, por supuesto, son muy importantes. En democracia usted tiene la posibilidad de elegir su partido para luchar por la igualdad social, y si no hay ninguno, puede fundar uno. Hay en este punto, creo yo, un gran malentendido: el capitalismo es una forma de organización económica. La democracia, en cambio, es una forma de organización política.

Le prometí, además, escribir un artículo sobre el tema. Y es lo que estoy haciendo.

Si hubiera tenido más tiempo podría haber explicado a mi interlocutor qué es lo que entiendo cuando digo que la democracia es una forma de organización política y no económica o social. En este caso –le habría dicho– la palabra “forma” es muy importante pues la democracia significa poner la política “en forma democrática”.

Para que haya política, basta con que exista una lucha no militar por el poder entre dos bandos antagónicos, y eso es lo que han subrayado autores como Carl Schmitt (ayer) y Ernesto Laclau (hoy). La política no requiere de la democracia para existir, pero sí a la inversa: sin política no hay democracia. La democracia, por lo tanto, es solo una “puesta en forma” del juego político. Ese juego necesita un espacio, así como reglas claras y compartidas. Las reglas, por supuesto, no resuelven la lucha por el poder, pero –nótese– la garantizan.

Las más conocidas reglas son aquellas que garantizan la libertad de pensamiento, de opinión, de movimiento y de asociación. Reglas que por supuesto no pueden funcionar sin instituciones, ni estas sin la separación de los tres poderes del Estado, los que si no están separados –obvio– no son poderes.

Puede ocurrir, y eso también es parte del juego democrático, que el poder legislativo llegue a ser controlado por el ejecutivo a través de una mayoría parlamentaria. Lo que nunca puede ocurrir en una democracia es que el poder judicial sea controlado por el ejecutivo. En ese caso hablamos del fin de una democracia y del comienzo de una dictadura.

¿Cómo puede haber justicia si los jueces son solo empleados de un gobierno? ¿Quién nos defiende del gobierno y, lo que es peor, del Estado? Esa es la razón por la cual, en todas las naciones donde no hay independencia de la justicia con respecto al ejecutivo, no solo no hay democracia; tampoco hay justicia.

Las deducciones son simples. Por una parte, la democracia social no existe. La democracia es política o no es. Debido a la misma razón, la justicia política no existe. Si la justicia se subordina a un partido, a un gobierno, o a un líder, ya no es justa.

La justicia social no garantiza la existencia de una democracia política, pero la democracia sí garantiza –esta es la parte más interesante del juego– la posibilidad de la justicia social. Por lo tanto, “justicia social” y “democracia política” son términos diferentes, pero no antagónicos. En cierto modo son complementarios. Luego, el problema no reside en la unión entre lo uno y lo otro, sino en la separación.

¿Cómo así? ¿No son diferentes? Exacto: pero para que las dos instancias –democracia y justicia social– se unan, necesitan ser diferentes, pues si son iguales no se pueden separar ni unir. O para decirlo así: no estoy hablando de “la unidad de los contrarios” (Hegel), sino de “la unidad de las diferencias” (Derrida).

La democracia implica la unidad pero también la aceptación de las diferencias. Si no entendemos esa paradoja –es mi tesis– vamos a seguir viviendo bajo el imperio de un gran malentendido. Y ya hay muchos muertos, mucha tortura, mucho dolor como para no intentar, alguna vez, un cierto entendimiento.

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Fernando Mires

Profesor de cátedra en la Universidad de Oldenburg (Alemania).

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