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El Malpensante

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La fuga sin fin de Joseph Roth

¿Qué puede llevar a un lector a volver muchas veces sobre un mismo libro? En este caso, las razones para retomar La fuga sin fin de Joseph Roth pueden ser las mismas que llevan al protagonista de la novela a persistir en su huida.

Ilustración de Stefanie Augustine

 

En general yo sigo el cuarto mandamiento literario de mi amigo Aguirre: “No releer nunca un libro”. No creo que pueda haber experiencia más funesta que arruinar nuestra lectura juvenil de Rayuela con una relectura adulta; temo que sería el final de una ilusión. Sé que tampoco repetiré nunca la laboriosa lectura del Doctor Faustus o de Absalón, Absalón, pues releer esos libros es cosa de académicos o de eruditos, no de hedonistas del libro. Hago, sin embargo, una permanente excepción a la regla. Tengo el vicio de releer todos los años –y a veces más de una vez– el mismo libro de Joseph Roth: Fuga sin fin. Creo que la primera vez lo habré leído hacia 1990, por lo que a estas alturas es seguro que mis relecturas de esta novela ya no se pueden numerar ni siquiera con la suma de los dedos de las manos y los pies.

¿Por qué lo releo siempre? ¿Qué extraño poder hipnótico ejerce esta sencilla novela sobre mí? No lo sé bien. Lo que sí sé es que si existiera algo que se llamara “el libro de mi vida”, yo no dudaría en definir así a Fuga sin fin. Creo que lo releo como los devotos cuando repiten versículos de la Biblia, como abren al azar los cabalistas una página de la Torah –para hallar la solución al enigma del instante–, como repasa un imán de Persia las suras del Corán. En cada relectura de Fuga sin fin hallo siempre un sentido distinto a la vida aventurera y desaventurada de su protagonista, el teniente Franz Tunda, oficial del ejército austríaco, caído en desgracia y hecho prisionero en Rusia al comienzo de la Primera Guerra Mundial. Y ese nuevo sentido que le encuentro a su vida sin sentido encierra algo que me habla de cerca sobre asuntos profundos que se alojan también en mi mente, o quizá en muchas mentes. Si alguna vez soñé con aprender alemán, en realidad fue solamente para poder leer en lengua original Die Flucht ohne Ende, publicada en Múnich en 1927, por el editor Kurt Wolff. Y si tuviera que decir lo que este libro, sin exageraciones, ejerce sobre mí, la única palabra precisa que se me ocurre es fascinación. La extraña fascinación de encontra...

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