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Adiós a la literatura

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¿Valdría la pena que un escritor se esmerara en el manejo del lenguaje, que se convirtiera en un acendrado cultor del estilo, para que al final tuviera que compartir esta característica con los actuales peluqueros? Puesto que un estilista no admite hoy que se asimile su oficio al de un simple barbero de pueblo, el escritor ha perdido un calificativo honroso que hasta hace poco tiempo lo diferenció del plumífero, del escribano o del amanuense. No cabe duda de que el estilista literario ha desaparecido, en parte por sustracción de materia, pero en buena parte también por el surgimiento de una nueva habilidad con mayor reconocimiento social.

Ludwig Wittgenstein comparó su labor como filósofo con la del peluquero que agita permanentemente las tijeras, para hacer uso de ellas sólo de cuando en cuando. Esta analogía, sin embargo, posee un carácter incidental y nada dice sobre el estilista, oficio que posee más refinamiento mundano, más modales aprendidos; más formulismo, en suma. Ningún escritor serio aceptaría en la actualidad el calificativo de estilista, y quizá, por esa razón, se acostumbra una literatura al rape, vale decir, práctica, sin corte ni estilo. Como no se requiere un estilista para las exigencias actuales de la gran masa de lectores, la escritura al rape satisface las exigencias de un público fácil y descomplicado, atraído por una moda entre deportiva y castrense. Tal vez la decadencia del deleite y de la morosidad inherente al acto físico de escribir haya determinado el surgimiento de una literatura mecánica, que obedece a la eficacia incomparable de una cuchilla fija. Nadie puede negar que de este modo se motila más y en menos tiempo.

El escritor, en todo caso, ha entregado sin resistencia alguna la denominación de estilista, hasta hace poco tan suya, de la misma manera como el arte en general terminó por ceder el término de artista a los cantantes y a los actores. Un grupo de publicistas, rodando por esta misma pendiente, ha acaparado para sí el nombre de creativo, con lo cual quedan excluidos de esta posibilidad los que de verdad crean sin copiar ni repetir. El calificativo de creativo, atribuido hoy a un escritor, le restaría méritos, o pondría en duda, por lo menos, la seriedad y la profundidad de su trabajo. Desde Balzac, el escritor prefiere compartir con la divinidad el atributo de creador.

Esta degradación de las palabras –y, por tanto, de la misma realidad– ha tocado también el tema de la estética...

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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