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El Malpensante

Columna

Wendy, Valérie y todas las demás

¿La prostitución es siempre consecuencia de alguna forma de vulnerabilidad? Estudios rigurosos y testimonios variados apuntan a que en la mayoría de los casos no es así.

Valérie Tasso © Leila Méndez • Cortesía Marco Tropea Editores

 

A finales de 2000, Wendy, una adolescente hondureña, fue violada en grupo por pandilleros de la Mara Salvatrucha. Tras el ritual conocido como “el trencito”, los mareros decidieron hacer negocio y corrieron la voz de que cobraban cincuenta lempiras a quien quisiera tener relaciones con la muchacha.

El pasado diciembre la policía detuvo en Málaga a una rumana que había firmado un contrato para vender sus dos hijas a unos proxenetas. Por 5.000 euros aceptó que fueran llevadas a España a prostituirse.

La Veterana se graduó en un colegio de monjas. Joven y virgen, se casó con un señor bastante mayor que resultó bígamo, le dejó un hijo y, ya separados, la seguía golpeando. Cansada de tanto maltrato, decidió dejar Cali por el pueblo donde su hermana trabajaba con el cura. Al llegar a Medellín, una puta bonita y curtida se le sentó al lado. Tras veintitantas horas de charla, la Veterana tomó una decisión. “El primer día fue lo duro. Después no”. Al pasarse por la raya del calzón al alcalde, al juez, a dos médicos, a un comerciante y a unos cultivadores, supo que estaría en esas por el resto de su vida.

Universitaria bogotana, Luisa empezó en un videochat. Le pagaban por desnudarse ante la cámara. De allí pasó a concertar citas vía celular y ya con clientes se enroló en un lujoso burdel. “Si estoy con un man que me gusta porque sí, ¿por qué no voy a estar con otro por plata?”.

Paula trabajó un tiempo como mula. Novia de un traqueto, le perdió el susto a todo, se metió en “la cultura de ganarse la plata fácil” y comenzó a “tomarle gusto a los juegos de sexo”. Una compañera le presentó unos tipos chéveres, de esos manes acostumbrados a repartir billete entre las amigas. Para uno de ellos, congresista, trabajó como asistente. “Me come, pero porque yo quiero que me coma. Porque no me choca. Porque es inteligente y tiene poder, y porque es mi amigo. Pero no es que hagamos el amor e inmediatamente me pague”.

A los travestis de élite los llaman “las europeas”. Viajan por el mundo y cada ciert...

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Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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