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El Malpensante

Columna

Las Marías y sus seguidores

Una larga lista de meretrices convertidas al cristianismo habita las lecturas monásticas. La forma en la que ingresaron a la prostitución varía, pero su final es casi siempre el mismo. ¿Qué pretenden esos relatos?

© George Barbier, 1914

 

Como Valérie Tasso, María deja claro que estuvo enganchada a la promiscuidad. “Por cerca de diecisiete años viví como un fuego, aunque en ningún momento fue por el dinero. Lo hice por nada. Yo vivía con mis padres, pero a los doce años me fui de la casa... No perdí mi virginidad cobrando, siempre me negué a recibir lo que querían darme. Estuve con el mayor número de hombres que pude conseguir. Lo que yo hice, lo hice por un deseo insaciable. Para mí esa era la vida”. Cuenta cómo, por pura curiosidad, se unió a un grupo de hombres que zarpaban en un barco. “Ví algunos jóvenes, unos diez, parados en el muelle, con cuerpos atractivos y pensé que era justo lo que yo quería. Como de costumbre, sin ninguna vergüenza, les dije: ‘Llévenme a donde vayan, no dejaré de ser lo que soy por ustedes’. ¿Qué decir sobre lo que ocurrió en aquel barco? Llegué a convencer incluso a los que no querían. No hubo ningún tipo de perversión que no les enseñara”.

Las citas son de una traducción de la Vida de santa María de Egipto, escrita por Sofronio, patriarca de Jerusalén. La historia se transmitió en los círculos monásticos desde el siglo vi. Al llegar a Jerusalén con los peregrinos embarcados en Alejandría, María continúa con la vida promiscua hasta su súbita conversión. Con un trozo de pan y unas monedas se va para el desierto, donde permanece muchos años hasta que un monje, Zósimas, la encuentra por casualidad, oye su historia y le da la comunión. 


Pelagia era una reconocida actriz de Antioquía. Un día pasa con sus acompañantes y su servidumbre, ataviada con lujosos ornamentos –y poco más que eso– frente a un grupo de monjes cristianos reunidos en un recinto público. Todos los religiosos evitan mirarla, salvo el obispo Nono, que no le quita los ojos de encima. “¿No los deleitó semejante belleza? A mí me dejó fascinado”. Hace un paralelo entre la cortesana, que invierte todo el tiempo en el cuidado de su apariencia para satisfacer a sus amantes, y el tibio cristiano, que dedica tan solo unos minu...

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Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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