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El Malpensante

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Mis tiempos modernos

Discurso de agradecimiento de Albert Boadella al concedérsele el Premio a los Columnistas del diario El Mundo en noviembre de 2006

Me siento especialmente agradecido por el premio, porque en mi caso cualquier mérito en este sentido les aseguro que es fruto del azar. El origen de mis reiteradas traiciones a la tribu es pura casualidad. Tampoco se trata de imitar a Günter Grass, aceptando a estas alturas mis posibles colaboraciones con el diablo para efectuar una morbosa y rentable confesión, pero no puedo dejar de reconocer que sin el azar jamás me hubiera embarcado en los berenjenales por los que se me concede la distinción.

Cuando empecé en el gremio de los comediantes, perseguía lo mismo que la mayoría de mis colegas: el lucimiento, el aplauso, el éxito y el glamour. Soñaba con multitudes esperándome a la salida de Artistas y deshaciéndose en elogios. Incluso, estaba convencido de que llegaría a imprimir mis manos en el cemento tierno de alguna famosa avenida.
 
Todo parecía encaminarse por esta dirección, hasta que un día me ocurrió algo parecido a una escena de la película Tiempos modernos de Chaplin. Recordarán todos aquella secuencia donde un camión pierde la banderita roja que sobresale de la carga, y Charlot, siempre tan solícito, la recoge del suelo, agitándola mientras corre detrás del camión para avisar al conductor. Pero el azar le juega una mala pasada, pues por detrás aparece una manifestación obrera que al descubrirlo en aquella actitud tan comprometida lo toma por su valeroso líder y, obviamente, acaba entre rejas.
 
Evocando aquella ingeniosa escena, puedo decir que a mí no fue la ética sino la estética la que un día me llevó a la cárcel. Después, ya no podía dominar los acontecimientos. El entorno me utilizó como referencia de libertad y el futuro quedaba hipotecado incluso a mi pesar. Ya nada sería igual, porque son la demanda y la esperanza de los demás las que incitan a una aceptación del compromiso y la modificación de las ambiciones personales.
 
Desde esta óptica, el sentido de la belleza cambia radicalmente porque se vincula para siempre a la realidad estricta. Y en esa nueva lucha estética, lo primero que se percibe es que hoy la palabra sólo sirve para la ocultación de la verdad.
 
Después, todo se convierte en una fanática búsqueda de lo real, y esta forma de mirar se hace especialmente implacable sobre el entorno. Las consecuencias son tristes. Estropea el paisaje de la propia tribu que uno ...

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