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El Malpensante

Columna

Enamorarse de putas

Muchas prostitutas han marcado las vidas de sus clientes más allá de las horas de trabajo. ¿Cuáles son las razones?

La Bella Otero en una postal, circa 1900 • ©Studio Reitlinger

 

Bajo el imperio de Justiniano, en el siglo VI, para controlar abusos contra las prostitutas se prohibieron el proxenetismo y los burdeles en Constantinopla. Preocupada por la suerte de mujeres atrapadas en el comercio sexual, muchas de ellas vendidas por sus padres a los intermediarios, Teodora, la esposa del emperador, convirtió un antiguo palacio sobre el Mar Negro en un albergue llamado Matenoia (arrepentimiento) para convertirlas. Garantizó los recursos para mantener a unas quinientas mujeres que se alojaron allí.

La misma emperatriz había sido cortesana. Desde el momento en que la vió, Justiniano se enamoró de ella. Las objeciones de la tía Eufemia, entonces emperatriz, y la ley romana que prohibía a los senadores casarse con prostitutas –indicio de que lo hacían– le impidieron vivir con ella de inmediato. Gracias a un cambio legislativo a su medida pudo hacerlo.

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Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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