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El Malpensante

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Cuando la política es cosa de risa

Reírse de reyes o de déspotas puede ser en extremo peligroso: reírse de presidentes y de primeros ministros, no tanto. Aunque los áulicos de todo palacio griten y se rasguen las vestiduras, lo cierto es que la democracia y el humor viven una saludable rivalidad.

Cuando no hay guerra, la democracia es un sistema político cómico. En opinión de muchas de las grandes mentes de la historia, la propia idea de permitir que la plebe elija a sus líderes, para que después éstos satisfagan sus deseos, es de por sí ridícula. Comparada con la sencilla elegancia del despotismo, la estabilidad del gobierno aristocrático o el orden divino de la monarquía, la democracia es una forma de gobierno caótica y confusa.

Nosotros, el pueblo, lo sabemos. Como nuestros líderes salen de nuestras propias filas, nos creemos con derecho a insultarlos de manera inclemente, en especial cuando sienten que el cargo les queda chiquito. Y el peor insulto que puede sufrir cualquier político que ocupe un cargo de libre elección es que no lo reelijan. No importa cuánto miedo despierte ni cuánto respeto pueda inspirar, la gente no lo quiere.
 
En tiempos de paz, reconocemos no sólo que nuestros líderes no son mejores que nosotros sino que, en muchos casos, son peores. Nosotros, al menos, nos ocupamos de lo nuestro y vivimos de manera honesta; ellos, por su parte, se arrojan voluntariamente al remolino de la política, ¿con qué propósito? ¿Para obtener poder? ¿Gloria? ¿Dinero? ¿Fama? Nosotros tenemos la sospecha, tal vez errónea, de que, sea cual sea la razón, debe ser maligna. Algunos políticos pueden estar motivados por la Gran Visión, otros por el Fervor Moral y otros más por una Ambición Feroz, pero hay una cosa cierta: todos quieren trepar hasta el último peldaño de la resbaladiza escalera del poder para controlar las cosas y darles órdenes a los demás.
 
Teniendo en cuenta el hecho de que el sistema es tan encantadoramente absurdo, las payasadas de nuestros representantes elegidos resultan un espectáculo divertido. Algunos comentaristas lamentan la falta de respeto con la que a veces son tratados los políticos. Pero aquéllos, a su vez, pueden ser acusados no sólo de tomar demasiado en serio a los políticos sino de pensar de una manera poco histórica.
 
 
Los inventores de la política democrática moderna, los ingleses, pasaban mucho tiempo burlándose de quienes la practicaban. Cuanto más escandalosa y vibrante era la política, más maliciosa era la burla. Mientras que antes los parlamentarios estaban agrupados bajo el término “los Comunes”, el siglo XVIII fue testigo del surg...

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Patricia Torres

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