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El Malpensante

Artículo

Beau Brummel

o el arte de hacer la corbata llevado a su perfección

Cualquiera ha oído hablar de los dandies, pero quizá no sabe que hubo uno primigenio, de vida novelesca, el dandi que inauguró la categoría para todos los demás. Su nombre emblemático: Beau Brummell, el Bello.

Cuando Cowper en su ermita de Olney, lleno de cólera al pensar en la duquesa de Devonshire, predecía “que un día, en lugar de cintura tendría un desgarrón y en lugar de belleza una calva”, reconocía así el poder de aquella dama a la que consideraba tan despreciable. Si no, ¿por qué se le habría aparecido en las húmedas soledades de Olney? ¿Por qué el frufrú de sus faldas de seda habría perturbado esas lóbregas meditaciones? La duquesa sabía, sin duda, convertirse en una obsesión. Bastante tiempo después de que Cowper escribiera estas palabras, muerta la duquesa e inhumada bajo una corona de hierro blanco, su fantasma ascendía por la escalera de una morada muy distinta. En Caen un anciano estaba sentado en su sillón. La puerta se abría y el criado anunciaba: “La señora duquesa de Devonshire”. Beau Brummell se levantaba de inmediato, iba hacia la puerta y hacía una reverencia que hubiera maravillado en la Corte de Saint-James. Sólo que, desgraciadamente, no había nadie. El aire helado se precipitaba por la escalera de una posada. La duquesa había muerto hacía tiempos y Beau Brummell, en edad avanzada y en su dulce locura, soñaba que estaba de regreso en Londres y que daba una recepción. La maldición de Cowper se les había cumplido a ambos. La duquesa yacía en su mortaja, y Brummell, cuyos trajes suscitaron la envidia de los reyes, ya no tenía sino un par de pantalones muy remendados, que disimulaba como mejor podía bajo su abrigo deshilachado. En cuanto a su pelo, lo habían rapado por orden del médico.

Pero aunque las agrias predicciones de Cowper se hubieran cumplido así, tanto la duquesa como el dandi podían decir que gozaron de su día de gloria. Habían sido grandes personajes en su época. De los dos, tal vez Brummell podía enorgullecerse de la carrera más milagrosa. No tuvo ventaja de cuna y careció de fortuna. Su abuelo alquilaba cuartos en la calle St. James. Empezó apenas con un modesto capital de 30.000 libras, y su belleza, más de silueta que de rostro, se echaba a perder por la nariz quebrada. Sin embargo, sin una sola acción noble, importante o brillante en su haber, Brummell se destaca; tiene valor de símbolo; su fantasma camina todavía entre nosotros. La razón de tal eminencia es hoy un poco difícil de determinar. Poseía destreza y fineza de juicio, eso es seguro, sin lo cual no hubiera llevado el arte de hacer ...

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