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El Malpensante

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Los últimos días de Lord Brummel

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En el tercer piso del Hôtel d’Angleterre, en Caen, residió largo tiempo, durante sus últimos años, George Brummell. La única interrupción fue una estadía de dos meses y diecisiete días en prisión por deudas. A las cinco, bajaba a la table d’hôte y aceptaba el ofrecimiento de buen vino que le hacía algún desconocido. Algunos turistas, tras haber admirado los tapices de Bayeux, se detenían un día en el Hôtel d’Angleterre para ver de cerca al célebre dandi. Le pedían a monsieur Fichet, el propietario, que les asignara un lugar en la mesa frente al hombre en cuestión.

El Bello Brummell se presentaba como ex cónsul en un agujero francés de provincia. No tenía nada que hacer, salvo contar sus deudas. Un librero le enviaba las novedades desde París. Larguísima, como siempre, la toilette matinal, una caminata por el Paseo Caffarelli, insulso pero poco frecuentado, en dirección al mar. Dibujar retratos para el álbum de mademoiselle... en Luc-sur-Mer: una Gilberte o Albertine que frecuentaba, riesgosamente, la playa normanda. Sombrillas, baños en costume de bal, los sombreros desatados que flameaban al viento. Una condesa polaca extendía sus perlas sobre la arena, para que tomaran aire. Daignez agréer l’offrande d’une esquisse pour votre album [Dígnese aceptar la ofrenda de un bosquejo para su álbum]. En la noche, la sociedad de Caen ofrecía partidas de whist, que convenía evitar, y bailes formales. Monsieur, nous sommes ici pour danser, non pour causer [“Señor, estamos aquí para bailar, no para hablar”].
 
Al salir de la prisión, Brummell seguía respetando sus rituales, aunque se había visto reducido a cambiarse la ropa blanca una sola vez al día. La nitidez de su apariencia se había empañado, pero la centelleante batterie de toilette aún seguía asistiéndolo. El vernis de Guitton seguía llegándole de París. Un primer signo nefasto se produjo cuando una anciana señora le aconsejó, bromeando, el jabot negro, que Brummell siempre había aborrecido. Pero ahora sabía que los suyos habían perdido frescura. Aceptó el consejo (“en sentido figurado, se podría decir que Brummell murió aquel día”, según el capitán Jesse, “ese admirable cronista que no olvida lo suficiente”, como lo definió una vez Barbey ...

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