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El Malpensante

Columna

Paga el gordo

El revolcón puritano que golpeó a Hollywood en tiempos de la prohibición cobró muchas cabezas, la de Roscoe "Fatty" Arbuckle fue una de ellas.

 
 
Cartel de la película Out West, de 1918
 
 
La primera vez que Roscoe Arbuckle subió a un escenario descubrió que era el hogar de los que no tienen ninguno. También descubrió la cantidad de risas distintas que hay en el mundo: “No lo sabes hasta que las oyes todas a la vez. Y te pagan por ellas”. Su rol escénico consistía en recibir golpes o cantar un poco y luego recibir golpes. Nada nuevo en su vida, salvo la paga y los aplausos. Roscoe tenía nueve años cuando se fugó de su casa para no padecer más las palizas del padre, que lo acusaba de haberle roto la vagina a la madre en el parto. Los siete kilos que pesaba cuando nació la habían dejado tan dañada que no quiso saber más nada de sexo y el padre se desquitaba a palos con él mientras los otros cinco hermanos se reían salvajemente. Veinte años después, cuando probó por primera vez la heroína a la que se hizo adicto de por vida, dijo que fue porque, en brazos de ella, “el recuerdo de los puñetazos de mi padre se volvía almohadones”. El camino a la heroína se lo señaló sin querer un escritor borracho, cuando Roscoe recaló con su número vivo en el Portola Café, de San Francisco, en los tiempos en que los mineros pagaban sus tragos con bolsitas de oro. El escritor borracho, que se llamaba Jack London, le dijo: “Estás en el lugar equivocado, chico”, y le señaló la lavandería china que había enfrente, en cuyos fondos rodaba Mack Sennett sus primeras películas de la Keystone.

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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