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Ensayo

Ideas para jubilar

Una encuesta (masculina)

De tanto escucharlas parecen irrefutables. ¿Pueden desaparecer algunas de nuestras más arraigadas ideas? 

Ilustración de Bea Crespo

 

Los buenos y los malos [Por Francisco Gutiérrez Sanín]

Hay muchas ideas que merecen morir. Pero una de las más irritantes y antiestéticas es la de que la historia está constituida por el enfrentamiento entre héroes y villanos, entre buenos (casi siempre generosos pero inocentes) y malos (desalmados pero astutos), entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad. Esta aleación de pastiche telenovelesco, narrativa de y para los grandes héroes a la Carlyle, y fundamentalismo cristiano, está, claro, en la base del culto a Bolívar cuidadosamente construido por los personeros del socialismo del siglo XXI. Pero también ha sido recogida en muchas otras partes del continente. También aquí en Colombia, característicamente con una vuelta de tuerca siniestra.

 

Hace años llegó a mis manos un panfleto que circulaba por el campus de la Universidad Nacional, en el que se amenazaba a “los mamertos bolivarianos”. ¿Y qué pasará, me preguntaba yo, con los santanderistas de izquierda? De pronto nada, pues parecen ser una especie en vías de extinción. Ojo: fueron un componente fundamental de nuestra ecología política durante décadas, casi siempre exhibiendo un discurso sofisticado e inteligente. Esta capacidad de hilar delgado parecería haber sido reemplazada por la torpe oscilación entre hagiografía y demonología, al estilo de los panfletos desairados y estridentes de Fernando González sobre Bolívar y Santander (particularmente, González es una especie de héroe intelectual en el país, un poderoso síntoma del empobrecimiento que genera este tipo de mentalidad).

Colombia cuenta con una larga, en realidad fantástica tradición de polemistas políticos especialistas en la diatriba, desde el Alacrán Posada hasta Antonio Caballero, pasando por el Indio Uribe y el Ñito Restrepo, cuyo fuerte nunca fue entender los matices y las múltiples tonalidades del gris. Simplemente, ese no era su oficio. Claro, cada una de sus aserciones tiene que ser evaluada por separado, pero el tema de fondo es que sus alaridos estuvieron pensados para el aquí y el ahora. En cambio, la historia de los buenos y los malos, aunque casi siempre fabricada también para la coyuntura, se traviste con el ropaje pontifical de la gran interpretación, y nos trata de convencer de que la única salida posible es odiar a los malos y, cómo no, suspender el juicio y dejarse llevar por los preceptos del gran héroe.

Porque un síntoma de maldad suprema en toda esta literatura es el sentido crítico con respecto del caudillo. Lo que la hace pésima literatura y pésima historia. Ciertamente, en la vida pública, así como en la privada, hay gente buena y mala. Pero la vida pública no es el resultado del encuentro entre estos dos vectores, entre otras muchas cosas porque las virtudes privadas no son extrapolables a las públicas. Este a propósito es uno de los grandes descubrimientos de la modernidad (del teatro isabelino, en particular). En su drama sobre Julio César, Shakespeare pinta a su héroe como un tipo seco, medio sordo, vanidoso, equívoco, que permite que sucedan numerosas cosas a sus espaldas. Bruto, en cambio, es honrado, carismático, inteligente, buen amigo, esposo ejemplar. Pero el primero es un gran gobernante, y el segundo, aparte de terminar convirtiéndose en un asesino, es un desastre.

Si queremos desinfantilizar y modernizar el debate público en América Latina, será necesario promover la jubilación de la historia de los buenos y los malos. 

 

Muerte al realismo [por Jordi Carrión]

Abajo el realismo: asaltemos sus palacios de verano y sus cuarteles de invierno. Guillotina al realismo. O, al menos, exilio: que se quede en el pasado al que no debió sobrevivir.

Y, no obstante, larga vida al realismo.

A ver si soy capaz de explicarme.

Cuando Cervantes se sacó de la manga (era manco, pero no le faltaba ninguna de las dos manos) la novela moderna, no creó un movimiento. Inventó un sistema narrativo y lo lanzó (con la mano buena) hacia el futuro. En la macroestructura cervantina la realidad y la imaginación, la ironía y la tristeza, la progresión y la digresión son por igual viables. Así lo entendieron Sterne o Defoe. En esa red elástica y permeable, caben incluso la fantasía extrema, la ciencia-ficción y el ensayo, como demostraron Swift o Diderot. Pero a mediados del siglo XIX ocurrió que una nueva codificación de la novela sí se convirtió en movimiento. En paradigma. Se propagó por Europa como la red ferroviaria o la peste negra. Dio lugar a muchísimas obras maestras, en inglés, en francés, en ruso, en italiano, en español, en portugués.

El problema es que se convirtió en algo más que un movimiento literario.

Porque llegó para quedarse.

Cuando algo ya no se mueve ya no puede ser llamado movimiento.

¿Cómo lo llamamos entonces? ¿Dictadura?

Toda la literatura que importa de los siglos XX y XXI se puede leer como asedios al castillo del realismo. Perdón: la metáfora no es válida. El realismo nace en una época en que los castillos ya han sido derribados y la burguesía impone sus gustos y sus aspiraciones; una época en que el mercado de lo impreso va a ir creciendo hasta convertirse en un contrapoder; una época (¡tachán!) democrática. De modo que lo que fueron haciendo Valéry, Unamuno, Mann, Kafka, Joyce, Macedonio Fernández, Woolf, Arguedas, Döblin, Pirandello, Faulkner, Borges, Lispector, Pynchon, García Márquez, Coetzee, Wallace, Grossman, Sebald, Aira o Rivera Garza se puede interpretar como asedios a la fortaleza, palacete, barrio residencial o shopping center del realismo decimonónico, esa construcción sólida –pero endiablado camaleón–.

En otras palabras: exilio, jubilación forzosa, muerte al realismo del siglo XIX que, a lo sumo y para disimular su anacronismo, incorpora algún recurso modernista. Porque el otro realismo, el que intenta representar un mundo en que la física newtoniana ya no es verosímil, el que descree de la omnisciencia, el que multiplica las dimensiones del yo, el que descompone la membrana de lo real, el que incorpora la pantalla, el que considera el lenguaje no como una herramienta sino como un problema irresoluble, sí va renovando su pertinencia, su sentido.

Lo seguimos necesitando.

Como una guerrilla que ponga en jaque a la dictadura.

Como una versión textual del arte contemporáneo.

Como un recordatorio de que no todo debería de ser mercado.

Porque es por eso que el realismo del XIX se instaló para siempre y no porque el ser humano necesite que le cuenten cuentos: porque penetró en las intimidades de la moneda y de la masa, el corazón o el sexo de la democracia.

 

Jubilar la jubilación [por Diego Fonseca]

Damas y caballeros en edad de dejar de procrear: jubilemos la jubilación, que nos retire la muerte. Seamos honestos con nosotros mismos y digamos adiós a un imposible: jamás nos jubilaremos porque jamás ocurrirá como debe ser. Si nuestras cuentas no tienen ya más de seis cifras, deberemos trabajar hasta el último aliento aun cuando aceptemos, con resignación, el mendrugo estatal que nos certifica como pasivos de toda pasividad o las pocas migas del ahorro personal. No hay (buena) vida después de la muerte (laboral).

Creer en el retiro es una de las pruebas de fe en el capitalismo. Está la idea de que el éxito elusivo llegará en algún momento con base en el esfuerzo diario. Y está la jubilación: la suposición de que, si postergamos la satisfacción inmediata, una entidad abstracta, el Estado, nos devolverá nuestro ahorro magro cuando seamos inservibles bolsas de piel arrugada y huesos de tiza. Creemos en eso.

Mejor ya no.

Las jubilaciones latinoamericanas son monedas lastimosas que apenas si hacen ruido pero aun así engordan los déficits de las cuentas públicas. Las respuestas de los gobiernos no son estimulantes. Estirar la edad del retiro para posdatar la sangría no es sino aceptar que el futuro se ve ácido y gris. Ya hoy los fondos de pensión estatales quiebran o respiran con la garganta apretada; para cuando mi generación se retire, pedirán que hasta los niños aporten.

Si los cuarenta son los nuevos treinta, los sesenta son los nuevos veinte: para vivir debes esforzarte como un novato. Jubilarse es cuesta arriba, un trabajo diario. Vivimos más y, por lo tanto, costamos más. Los romanos tenían una expectativa de vida de cuatro décadas porque los envolvían guerras y enfermedades, pero en el siglo XXI, aun a pesar de nosotros mismos, alcanzamos la barrera de los noventa cada vez más a menudo. En veinte años, los setenta serán los nuevos cincuenta.

¿Quién paga eso? No es necesaria una orden del Partido Comunista chino para tener cada vez menos hijos. Por el deseo de ocuparnos de nuestra realización –un regalo de la modernidad para los herederos del renacentismo– hemos postergado la paternidad, nada más para ver que, por delante, tenemos menos años para amasar dinero y, por atrás, menos jóvenes que solventen nuestra decrepitud.

Cuantos menos proletarios entren a trabajar para financiar el retiro burgués, más condenados estamos a emular al oligarca, pagando de nuestro bolsillo el final de nuestros años. La diferencia sutil es que no todos poseemos el patrimonio de afortunados y cabrones. Un rico puede poner sus excedentes a trabajar por él, pero la humanidad menos lista difícilmente puede someter el cerdito rosado de su alcancía al riesgo de una inversión a largo plazo. Nadie quiere retirarse mal, pero menos desea ser retirado a destiempo.

Tampoco poseemos la combinación virtuosa de ser noruegos, tener suficiente petróleo y andar ligeramente sobrados de estadistas. En los sesenta, los nórdicos crearon un fondo de pensión, alimentado por las ganancias del crudo, que ya equivale a tres veces la economía de Colombia. Nosotros, en cambio, estamos más habituados a gobernantes que se aferran a la próxima elección y, para la cual, en ocasiones, pagan el favor de los votantes activos con los fondos de los futuros pasivos. En naciones con gobiernos que se consideran propietarios del bien público, las jubilaciones son un costal de dinero para el populismo derrochón, feliz –e insostenible–.

No hay mucha bondad para designar el final de nuestros días. Todas las palabras que designan la vejez laboral preanuncian la muerte: seremos pasivos, jubilados, estaremos sometidos a pensión. Nos retiraremos o nos retirarán. De este lado del mundo, aquí donde todavía debemos discutir los derechos, el retiro es la confirmación de la inutilidad. Hazte a un lado, deja lugar. La jubilación atesta nuestra condición de residuo del cascajo, cuando debiera ser un premio: has hecho la faena que debías, que la muerte te lleve mientras te gozas hasta el último segundo. Vaya putada nos toca cuando el Estado apenas puede administrar nuestra agonía y nosotros no podemos pagarnos la felicidad que vende la tv.

Tenemos pocas alternativas. Acumular abundante capital, tener un golpe de suerte. La escasa probabilidad de las loterías y los casinos. El hallazgo de riquezas tan únicas –o la explotación preciosista de las existentes– hasta volvernos noruegos. Parir una camada de estadistas que inviertan los fondos para los viejos con buen tino –y atesoren sus ganancias en bóvedas con mil llaves–. Por la vía rápida y amoral, asaltar un banco y huir a tiempo; ser Heisenberg, sin morir en el intento.

Damos y caballeras, una jubilación decorosa es una línea en cualquier película de la era dorada de Hollywood: bella, pero ingenua. Hagámosles un favor a las próximas dos generaciones y abominemos de nuestro escuálido ingreso de viejos sufridores. Hagamos, por una vez, un martirologio universal y definitivo de la ancianidad. Permitamos que los Estados acumulen unos míseros ahorros adicionales para nuestros nietos. Es algo que los abuelos –los que ya son, los que seremos– harían. Un sacrificio por la prole. ¿No somos progresistas? Pasemos a la historia como la generación que se inmoló para salvar las horas finales de la humanidad. Cien años más tarde volverán los problemas, pero nosotros ya seremos próceres. Hemos perdido la batalla del retiro digno, retirémonos con honor. Salvar a la vejez desvalida será la prueba de nuestro heroísmo, nuestra revolución.

 

Las soluciones [por Ramón González Férriz]

Los seres humanos creemos que nos pasamos la vida buscando soluciones. Tenemos problemas económicos, sentimentales, tecnológicos, políticos o de salud y tratamos de encontrar la manera de resolverlos, dejarlos atrás y pensar en otras cosas. Eso nos produce la sensación de que nuestra residencia en la tierra –como individuos, comunidades o naciones– es algo así como una carrera de obstáculos; cada vez que superamos uno viene otro, pero al menos, una vez hemos descubierto cómo solventarlos, los del pasado dejan de molestar.

Pero a pesar de lo que digan los consejos de superación personal, los panfletos ideológicos, la mala literatura y las pseudociencias –los géneros dominantes en este y todos los tiempos–, las cosas no funcionan así. Lo que normalmente nos parece que es la solución a un problema en realidad es, casi siempre, solo una postergación.

Los admirables avances médicos nos permiten ahora curar enfermedades que antes nos mataban, pero no solventan el problema real: que nos moriremos. Los progresos tecnológicos nos entusiasman porque nos permiten resolver problemas –como poder llevar nuestra música o nuestros libros a todos lados– que no sabíamos que eran problemas hasta que hallamos su solución; pero esta solución no hará más que generar nuevos problemas –querremos más música y más libros en aparatos más pequeños– en un bucle inacabable. Políticamente, la resolución de cualquier conflicto lleva en sí misma la generación de otros: la bajada o la subida de un impuesto puede solucionar problemas de financiación o equidad, pero sin duda generará muchos insatisfechos; nuevas leyes penales serán justificables en algunos casos, pero propiciarán indefensión o injusticia en muchos más; una nueva ley electoral permitirá la representación de unos hasta ahora excluidos, pero excluirá a otros. La única consecuencia segura que tienen las soluciones presentes es la creación de nuevos problemas en el futuro.

Si hay alguna idea que no debemos jubilar es la idea de progreso. Pero tal vez debamos asumir que no todos los problemas tienen solución, y que lo que nos parecen soluciones solo es algo así como un parche provisional, un arreglo, la lata que chutamos en un camino para decidir qué haremos con ella más adelante. La humanidad ha mejorado mucho en los últimos siglos: morir viejo es casi siempre mejor que morir joven, tener una computadora es casi siempre mejor que no tenerla, vivir en democracia es para la mayoría siempre mejor que vivir en dictadura. Pero debemos deshacernos de la idea de que podemos solucionar de una vez por todas los problemas. La vida, de hecho, es conflicto constante, insatisfacción, problemas por resolver. Eso hace que todo sea cansino, que no haya verdades definitivas –no, la religión y las ideologías no lo son, y sus soluciones también han provocado innumerables problemas recurrentes– y que siempre nos parezca que estamos lejos del estado ideal en el que deberíamos encontrarnos. Jubilemos la idea de que tenemos soluciones. Limitémonos a progresar y a hacer la vida un poco más agradable sin creer que somos capaces de solucionar nada.

 

El matrimonio [Por Luis González]

Fue iniciativa de magdalena, mi mujer.

 –Los hombres no se quieren casar –decretó–. Y los que se casan, viven perreando. Hay que desechar la idea del matrimonio.

 –Quién sabe –respondí–. Hay mucho tipo con ganas de hogar.

 –Muéstramelos. Lo que veo son mujeres que se cansaron de buscar. Y no feas, ni tontas. Al contrario. Viejas bacanas que no consiguieron pareja porque los tipos no quieren compromisos.

 –Bueno... Esa crisis del “compromiso” también es cosa de las mujeres. Ellas se han vuelto exigentes.

 –Exigimos lo que estamos dispuestas a dar.

 –Es mucho.

 –Mucho para ustedes, que son unos machos para pedir. Entonces, mejor solas que mal acompañadas. Sale el matrimonio. Hay que enterrar lo que no sirve.

 –Tan práctica como siempre.

 –Mira quién habla.

 –Está bien. Tienes un punto. Hay hombres que no quieren con seguridad a nadie. Pero…

 –El problema va más allá de la seguridad. Los hombres están aterrorizados con tener hijos.

 –Bueno... Traer niños a este planeta es un riesgo. Está la sobrepoblación y...

 –Disculpas. Lo que asusta a los hombres es pagar las cuentas. Como si las mujeres no ganáramos plata.

 –Bueno... Para tener hijos, una mujer debe pedir unas largas vacaciones.

 –O ser rica. Pero son las pobres las que se preñan.

 –Hijos sin papá.

 –Volvemos a lo mismo. Chao con la idea del matrimonio. Vamos camino a ser como los japoneses: todos encerrados en un apartamentico de soltero, mirando televisión y trabajando sesenta horas a la semana.

 –Patético. Un amigo me contó que pagan por dormir haciendo cucharita con una mujer. Ni siquiera tiran. Les basta con sentir algo de tibieza en la cama, que alguien les respire al lado. La tercera parte de las japonesas mayores de 35 son vírgenes.

 –Para que veas. Eso es lo que les espera a las mujeres: que ustedes ni nos toquen.

 –¿Eso te parece bien?

 –¿Qué?

 –Que las colombianas se vuelvan japonesas.

 –Las colombianas no nos podemos volver japonesas. Somos muy distintas.

 –Sí, claro. Ustedes son unas melodramáticas que ponen el amor en primer plano y esperan un príncipe azul.

 –Ja, ja. Sigue soñando. Eso era hace siglos.

 –Entonces, ahora las mujeres tampoco quieren casarse.

 –Nadie quiere casarse. El mundo cambió.

 –No sé. Los hombres queremos vivir con las mujeres, pero ustedes la ponen muy complicada. ¿Por qué no aceptan un matrimonio sin hijos?

 –Sin hijos, sin fidelidad, sin futuro... Demasiados “sin”.

 –ok, me rindo. Tienes razón. Jubilemos la idea del matrimonio.

 –No lo digas en ese tono, porque no te creo.

 

La Certeza [Por Hernando Gómez Buendía]

Certeza es la convicción absoluta de que uno sabe la verdad. Y esta es la paradoja: necesitamos hacer todo lo posible para saber la verdad, pero también necesitamos evitar la convicción de que sabemos la verdad. Sin lo primero estaríamos en el reino del capricho; sin lo segundo, en el del dogmatismo.

El peor de los mundos es la certeza basada en el capricho. Las convicciones que no se dejan reexaminar: los prejuicios, las pseudociencias, las ideologías, los discursos oficiales del gobierno, los de la izquierda, los de la derecha. Son verdades preexistentes, que se repiten pase lo que pase y que por tanto son inmunes a la realidad.

Como dijo Daniel Moynihan: “Cada quien tiene el derecho a su propia opinión, pero no a sus propios hechos”. Pues en Colombia no importan los hechos. Cada tres o cuatro horas hay una noticia que por lo mismo es superficial, cada implicado dice lo que le conviene, y los comentaristas la analizan con certeza pero sin información. Desde el asesinato de Sucre en 1830, nunca hemos averiguado quién mató a quién. Las estadísticas “oficiales” –de producción agrícola, de acciones militares, de libros publicados– cambian según la fuente y la intención. Las altas cortes fallan blanco y negro sobre unos mismos hechos y una misma ley. Y a juzgar por los “comentarios del lector” o del oyente, la pobre opinión pública no le atina a ninguna.

La certeza –fundada o infundada– es el preludio de la intolerancia y es la raíz de la violencia a gran escala. Las religiones donde hay un Dios y una verdad únicos, las ideologías totales (fascistas, comunistas...), los nacionalismos que creen en la superioridad de un pueblo, están detrás de las peores guerras, genocidios, atrocidades y “conflictos internos” de la historia universal. Conflictos como las siete guerras civiles de Colombia en el siglo xix, “la Violencia” liberal-conservadora y el desangre paraguerrillero de este medio siglo, que habrían causado hasta un millón de muertes (aunque esta cifra depende de la fuente y la intención).

Pero cuidado: las verdades existen, o las necesitamos para poder vivir. Verdades elementales (es de noche o de día), científicas (la ley de gravedad), o sociales (sin innovación no hay desarrollo económico). Verdades –si se quiere– contextuales o provisionales, pero verdades que no podemos ignorar (Gorbachev lo expresó de un modo muy punzante: “Mientras más tarda un pueblo en aceptar la realidad, más sufre”).

Por eso hay que esforzarse en saber la verdad. Por eso hay métodos de búsqueda probados o mejores: lo verificable sobre lo inverificable, la ciencia sobre el mito, el diálogo razonado sobre el autointerés. Por eso no todas las teorías u opiniones son igualmente ciertas ni pueden aspirar a la igualdad. Por eso no todos los “relatos” son igualmente válidos –o inválidos–. Por eso sí hay “discursos” más verdaderos que otros (el del cambio climático, el de los derechos humanos...).

Y por eso al jubilar la certeza también debe jubilarse el “relato” de la posmodernidad.

 

Internet como salvación [Por Carlos Cortés]

Alguna vez Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, dijo que los problemas de Medio Oriente no provenían de un odio profundo entre las partes, sino de “una falta de conectividad y comunicación, una falta de empatía y entendimiento”. En otras palabras, un poco de diálogo bastaría para resolver el conflicto entre Israel y Palestina. Esta visión no es aislada. Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Google, escribió en La nueva era digital que una vez haya acceso a internet “la gente hará el resto”. La feliz coincidencia para ambas empresas es que sus negocios coinciden con causas loables.

Desde hace años los genios y gurús de Silicon Valley vienen diciendo que internet es la respuesta a nuestros problemas sociales, políticos y económicos. Y aunque parece que nos estuvieran revelando el futuro, la idea es realmente ancestral. El determinismo tecnológico, según el cual la tecnología tiene una lógica autónoma ajena a cualquier referencia social, empezó con la invención de la rueda. No hace mucho la revolución democrática estaba a cargo de la televisión por cable, que hoy solo sirve para distraerse saltando canales.

La utopía al alcance de un clic –tomando prestado el planteamiento del aguafiestas Evgeny Morozov– ha permeado a las ONG, las universidades, los medios de comunicación y las agencias de gobierno. Pero por más horas de conexión que acumulemos, desde nuestro escritorio no salvaremos a los orangutanes de la isla de Borneo ni iniciaremos la primavera colombiana. ¿Recuerdan la campaña “Kony 2012” que promovió una ong para atrapar a un criminal de guerra en Uganda? Pues después de 100 millones de visitas en YouTube y 20 millones de dólares en donaciones, Kony sigue en el monte.

En Colombia, el discípulo de Zuckerberg y Schmidt es el ministro de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, Diego Molano, que lleva casi cuatro años vendiendo en todo el país el mantra de la salvación digital. Para Molano, a mayor internet, menor pobreza. “Hace diez años un niño de estrato 1 no tenía ninguna opción de contar con buena información, mientras un niño de estrato 6 tenía todas las enciclopedias en su casa. Hoy en día esa diferencia no existe. Internet cierra las brechas”. Cómo hace internet para pagar los servicios públicos, o lograr que ese niño use el computador para algo distinto a jugar, es un misterio.

El programa oficial de regalar tabletas a diestra y siniestra es el mejor ejemplo de esta visión determinista. Cada fin de semana el ministro Molano –muchas veces acompañado del presidente– reparte entre 500 y 1.000 tabletas a niños en todo el país como si fueran varitas mágicas. Que esos niños tengan poca o ninguna formación en tecnología, que en esas zonas haya necesidades básicas insatisfechas o, más paradójico aún, que la penetración de internet esté por debajo del 1%, es irrelevante. La tableta encontrará alguna salida.

Es hora de jubilar la idea de que internet es la salvación. Es hora de dejar de vender humo digital. Es hora de hablar de internet como cualquier otra tecnología, cuya apropiación e impacto dependerán a la larga de lo que hagamos los humanos. No las máquinas.

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