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Cine para indignados

Relatos salvajes, del director argentino Damián Szifron, es la película más vista de la historia del cine argentino y ha sido número 1 en otros 49 países. ¿A qué atribuimos su éxito?

Poster español oficial de la película Relatos salvajes


Casi siempre una película cuenta una historia y solo una historia. Hay una buena razón. Cuando se cuentan varias historias el espectador tiende a compararlas y descubre que algunas no están a la altura. Le pasó a Alejandro González en Amores perros y en Babel, así que para qué arriesgar, el que le va a muchos números termina apostando contra sí mismo.

Pero hay excepciones.

Relatos salvajes cuenta seis episodios que no se dejan clasificar por orden de estatura, porque todos tienen algo. Todos son buenos, como diría un crítico moralista. Pero sobre todo los seis están cobijados por una unidad temática y de estilo que no permite aislarlos y emitir juicios particulares. O te gustan todos, o no te gusta ninguno.

La cinta ha sido un éxito. Cuando la proyectaron en Cannes, recibió una ovación que duró diez minutos. Es la película más vista de la historia del cine argentino y ha sido número 1 en otros 49 países. En septiembre de 2014 ya había facturado 15 millones de dólares, multiplicado por 5 la inversión de los productores. Para decirlo de una vez: se trata de un pequeño milagro, un producto que lo tiene todo, calidad y ganancias, un film extraño donde se han dado cita todas las bendiciones y que goza del apoyo de la Warner, que lo ha apalancado en su distribución y podría conseguirle un Oscar.

¿Cómo lo logró?

Empecemos por decir que Damián Zsifron, su director y guionista, es alguien formado en la única escuela narrativa que le queda a este triste mundo: la televisión. La experiencia que adquirió con Los simuladores es evidente desde el primer plano de Relatos salvajes, que abre con la cámara pegada al piso persiguiendo una maleta. La maleta es de rueditas y brinca y suena mientras una pasajera la arrastra por un aeropuerto. Así, llevado de la nariz, ingresa el espectador en una película que jamás lo soltará porque su director muestra una rara maestría para comprometerlo en una narración de género, donde cada encuadre tiene un valor tan funcional como auténtico. Eficacia pura, un cuento sin pretensión distinta a atrapar, a emocionar, a arrastrar como a una maleta al público por un laberinto de sorpresas, suspenso, sentido del humor y mensajes muy simples. Cine comercial, sí, pero también una excelente narración, un gran entretenimiento.

Como buena comedia, Relatos salvajes es un producto maldadoso. Como dice un crítico argentino al que no le quiero robar la frase: su director está enojado con todo y con todos, menos con su propio talento. Esta furia es lo que explica el éxito sobrenatural de la película. Lanzado a patear el cascarón de ilusiones que nos gobierna, Damián Zsifron no tiene ningún problema en demostrar que más allá del barniz de las buenas maneras acecha un monstruo. Pero como está enojado aún con el monstruo, lo desarma y nos los muestra en toda su precariedad, revelando la insuficiencia de sus colmillos y la penosa fragilidad de sus garras.

Mi hija tiene una amiga que cuando quiere ponerse brava da risa y cuando quiere contar un chiste da rabia. Algo parecido sucede con los personajes de Zsifron: su rabia es tan impotente, sus actos violentos son tan fallidos, que resultan ridículos. Digno hijo de una sociedad que habita en los linderos del fracaso, Zsifron demuestra que la vida cotidiana es una miseria y que es mejor estar en una cárcel o en un cementerio que padeciendo las pequeñas humillaciones de una existencia que nos condena a una derrota mediocre. Aceptemos que no es una conclusión original, pero tiene un valor: es la verdad, somos un fiasco. En esta payasada que alguna vez se llamó Occidente ya no queda otra que la indignación, pero aún la indignación es risible.

Nos gustaría que fuera distinto. Ya hay un partido español de indignados que marca el 15% en la intención de voto y que puede ser decisivo en las próximas elecciones. Pero no nos entusiasmemos. La cólera es una pasión intensa que como todas las pasiones intensas dura poco y no deja mucho. Se necesitará más que indignación para enfrentar a los hijos de puta que se están feriando nuestro destino. Habrá que construir, organizar, acometer tareas aburridoras y mamertas, tendremos que levantar la cabeza de la almohada.

Por eso, bienvenida una película que nos cuestiona no desde la óptica cínica del poder, sino desde la dolorosa entraña de lo que somos. Y bienvenida su advertencia: si queremos pasar a la historia como algo distinto de un rebaño de ovejas, hay que darle dignidad a nuestra rabia. Toca, compadres. Cuando los emputados ya no damos miedo, nos pasa lo mismo que a la amiga de mi hija.

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