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El Malpensante

Arte

La policía de la decencia

Traducción de María Camila Palacio

Pocos escenarios han sufrido tan intensamente la mojigatería de las comunidades virtuales de internet como el mundo del arte. ¿Qué pasa cuando la estética está subordinada a la corrección política y cuando la crítica debe estar más atenta a las acusaciones de racismo y sexismo que a las obras de arte?

Ilustración de Bea Crespo

 

Primero que todo, el mundo del arte aspira a que la gente sea libre. Esta apertura extraordinaria es lo que le da al arte su naturaleza cambiante y adaptable. O –para ser más justos– lo que se la daba.  

La flexibilidad es vida, pero últimamente no dejo de pensar que el mundo del arte se ha vuelto mucho menos flexible, y que la libertad que yo siempre consideré esencial –la libertad para dejar volar nuestro pensamiento sin ataduras y para expresarnos, incluso de manera descabellada– se ha restringido de manera considerable. Está pasando a un ritmo tan extremo que debemos preguntarnos si el mundo del arte no es ahora una de las áreas de la cultura más sometidas a vigilancia. ¿Cómo es que llegamos a vivir en una esfera tribal y hermética donde normas morales tácitas y rígidas –estrictamente definidas por las redes sociales y la censura en línea, la mayoría de las veces anónima– nos dictan qué nos debe agradar o disgustar, qué está permitido decir y qué debemos callar? ¿Cuándo se volvió tan conservadora esta pandilla de gitanos e incansables radicales?

Tal vez el mundo del arte solo está encarnando sus propias versiones micro del tipo de pirotecnia que suele rodear a las figuras mediáticas, a los políticos y a las estrellas del pop, de tal manera que transforma cada gesto público, cada tuit, cada selfie o cada fotografía ridícula en un acto contestatario en medio de la guerra por la identidad política. (El activista Dan Savage se refiere a estos actos como “una tempestad en un vaso de lujo”.) Lo más raro es que todo se siente extrañamente familiar, como un déjà-vuinvasivo. Lo triste es que el mundo del arte siempre había sido el lugar en que uno podía escapar de toda esa mierda.

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Crítico y columnista de New York Magazine

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