Google+
El Malpensante

Arte

La policía de la decencia

Traducción de María Camila Palacio

Pocos escenarios han sufrido tan intensamente la mojigatería de las comunidades virtuales de internet como el mundo del arte. ¿Qué pasa cuando la estética está subordinada a la corrección política y cuando la crítica debe estar más atenta a las acusaciones de racismo y sexismo que a las obras de arte?

Ilustración de Bea Crespo

 

Primero que todo, el mundo del arte aspira a que la gente sea libre. Esta apertura extraordinaria es lo que le da al arte su naturaleza cambiante y adaptable. O –para ser más justos– lo que se la daba.  

La flexibilidad es vida, pero últimamente no dejo de pensar que el mundo del arte se ha vuelto mucho menos flexible, y que la libertad que yo siempre consideré esencial –la libertad para dejar volar nuestro pensamiento sin ataduras y para expresarnos, incluso de manera descabellada– se ha restringido de manera considerable. Está pasando a un ritmo tan extremo que debemos preguntarnos si el mundo del arte no es ahora una de las áreas de la cultura más sometidas a vigilancia. ¿Cómo es que llegamos a vivir en una esfera tribal y hermética donde normas morales tácitas y rígidas –estrictamente definidas por las redes sociales y la censura en línea, la mayoría de las veces anónima– nos dictan qué nos debe agradar o disgustar, qué está permitido decir y qué debemos callar? ¿Cuándo se volvió tan conservadora esta pandilla de gitanos e incansables radicales?

Tal vez el mundo del arte solo está encarnando sus propias versiones micro del tipo de pirotecnia que suele rodear a las figuras mediáticas, a los políticos y a las estrellas del pop, de tal manera que transforma cada gesto público, cada tuit, cada selfie o cada fotografía ridícula en un acto contestatario en medio de la guerra por la identidad política. (El activista Dan Savage se refiere a estos actos como “una tempestad en un vaso de lujo”.) Lo más raro es que todo se siente extrañamente familiar, como un déjà-vuinvasivo. Lo triste es que el mundo del arte siempre había sido el lugar en que uno podía escapar de toda esa mierda.

El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Jerry Saltz

Crítico y columnista de New York Magazine

Diciembre de 2014
Edición No.159

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

El gran gordo de Pésaro


Por Laura Galindo M.


Publicado en la edición

No. 206



El afamado compositor Gioachino Rossini abandonó la ópera para consagrarse a su mayor pasión: la gula. Su dedicación produjo varios nuevos platos y más de un dolor d [...]

El festival internacional de cine sin Cartagena


Por Teresita Goyeneche


Publicado en la edición

No. 203



¿Por qué uno de los eventos cinematográficos más longevos e importantes de Latinoamérica no promueve el trabajo de realizadores de Cartagena, la ciudad que le sirve [...]

Las correas de Alejo


Por


Publicado en la edición

No. 205



Álbum del vallenato colombiano [...]

Casarse con el verdugo


Por Margaret Atwood


Publicado en la edición

No. 210



. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores