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El Malpensante

Literatura

Algunas lecciones de Proust

En busca del tiempo perdido es una de las novelas fundamentales del siglo XX. Después de una cuidadosa relectura, el autor de este ensayo arroja una luz distinta sobre la esencia de la obra y repara en su condición reveladora acerca del género novelístico.

Ilustración de Lehel Kóvacs

 

Si las tres mil páginas de En busca del tiempo perdido tienen un tema, no creo que sea ni el tiempo ni su pérdida ni su recuperación, sino una corriente subterránea que atraviesa toda la novela y que solo al final, como una ballena buscando oxígeno, rompe la superficie: la construcción de un novelista. Alguno de los volúmenes de la novela podría haberse titulado Retrato del artista adolescente; otro, Cartas a un joven poeta; pero lo que se cuenta en la novela entera es el elaborado nacimiento de una sensibilidad, y lo que los lectores presenciamos, atónitos, son las lecciones múltiples que ese nacimiento puede darnos. En Por el camino de Swann, el narrador lee una novela de Bergotte, el escritor (no tan) ficticio inventado por Proust como Joyce inventó a Stephen Dedalus o como Cortázar, en Rayuela, inventó a Morelli. Y encontramos este párrafo:

Uno de aquellos pasajes de Bergotte, el tercero o el cuarto que hube aislado del resto, me produjo una dicha incomparable con la que había encontrado en el primero, una dicha que llegué a sentir en una región más profunda de mí mismo, más sólida, más vasta, de la cual los obstáculos y las separaciones parecían haber sido retirados. Al reconocer entonces el mismo gusto por las expresiones raras, la misma efusión musical, la misma filosofía idealista que había sido en otras ocasiones, sin que yo me diera cuenta, la causa de mi placer, dejé de tener la impresión de un trozo particular de un cierto libro de Bergotte, común a todos sus libros y al cual todos los pasajes análogos que con él se confundían darían una suerte de espesor, de volumen, que parecía ensancharme el espíritu.

No sorprenderé a nadie, y menos a un lector de...

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