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El Malpensante

Poesía

Cinco poemas en prosa

Traducción de Julio Trujillo

Testículos fantasmales, vaginas desvanecidas; Agotamiento al atardecer; Sala de emergencias en el crepúsculo; En la otra vida; Armonía en el boudoir.

Testículos fantasmales, vaginas desvanecidas

Horacio, el cadáver, dijo: “Seguía creyendo que el mañana llegaría y que me levantaría, me pondría los calcetines, los calzoncillos, iría a la cocina, me prepararía un café, leería el periódico y llamaría a algunos amigos. Pero llegó el mañana y yo no estaba en él. En cambio, me encontré en un sofá azul pálido en un campo de hierba luminosa que se extendía hasta el infinito”. “Qué terrible”, dijo Mildred, que aún no era un cadáver pero tenía una estrecha comunicación con Horacio, “qué terrible estar tan lejos sin nada que hacer, y sin sexo para distraerte. He oído decir que allá arriba todas las vaginas, incluso las más abiertas, sinceras y vigorosas permanecen cerradas, y que todos los testículos, incluso los más francos y talentosos, se mecen adormecidos entre las nubes como pequeños candelabros”.

 

Agotamiento al atardecer

El corazón vacío regresa a casa después de un atareado día en la oficina. Y qué va a hacer un corazón vacío sino vaciarse de vaciedad. Borrar lo imborrable requiere un esfuerzo mental, el empleo inútil de facultades ya sobrecargadas. Pobre corazón vacío, envejecido antes de tiempo, cómo se esfuerza por hacer lo que la mente le dice que haga. Pero el esfuerzo acaba en nada. El corazón vacío no puede hacer lo que la mente le ordena. Se sienta en la oscuridad, sueña despierto y el vacío crece.

 

Sala de emergencias en el crepúsculo

El comandante retirado estaba molesto. Su habitación en el castillo era fría, al igual que la habitación del otro lado del pasillo y todas las demás habitaciones. Nunca debió comprar este castillo cuando había tantos otros en venta, más baratos, más cálidos. Pero le gustaba la apariencia de este –sus torres de piedra elevándose en el aire invernal, su portón principal, incluso el foso congelado, sobre el que pensaba patinar algún día, tenían un plateado encanto–. Se sirvió un brandy, encendió un puro e intentó concentrarse en otras cosas –sus muchas victorias, la valentía de sus hombres–, pero sus pensamientos daban vueltas en pequeños remolinos, deteniéndose primero aquí, luego allá, moviéndo...

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