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El Malpensante

Artículo

¿Leones o vencejos?

Un alegato sobre dos metáforas

En uno de sus versos, Rubén Darío se refiere a Colombia como “tierra de leones”. En otro poema, el iconoclasta Tuerto López llama a sus paisanos “una caterva de vencejos”. ¿Cuánto hay de cierto en cada metáfora?

Ilustración de Luis Echavarría

 

Colombia es una tierra de leones, afirma el poeta y estamos de acuerdo. Todo bien. Los gringos son águilas, los rusos osos, los franceses gallos. En este contexto, que un colombiano sea un león es un corone. ¿Por qué no? Nos parecemos a los ingleses, tenemos un tótem bacano, mejor que el cóndor, ese gallinazo venido a más que nos propone el escudo nacional.

¿Pero de verdad somos los reyes de la selva?

Un león manda sobre un grupo de hembras que caza para él. Autoritario y malgeniado, devora a sus propios hijos y pasa el tiempo acicalándose, echándose largos polvos con las integrantes de su harén y vigilando las fronteras de su territorio. Una vida violenta, llena de peleas con machos rivales, festines con carne gratis y tiernos zarpazos para disciplinar a las leonas rebeldes. El sueño de cualquier colombiano machista. Por eso, Rubén Darío –que era un tipo inteligente– escogió esta imagen para adularnos, seguro de que la íbamos a comprar. Y como buenos inseguros, la compramos. Al menos yo, cuando tenía siete años, me aprendí el poema de memoria y lo recitaba con entusiasmo: Colombia es una tierra de leones / el esplendor del cielo es su oriflama / tiene un trueno peremne el Tequendama / y un Olimpo divino: sus canciones.

Cincuenta años después, el espejo me devuelve una cara de Colombia menos majestuosa.

En primer lugar, porque somos unos ineptos defendiendo nuestras fronteras. Los colombianos hemos perdido más de la mitad del territorio de la patria en manos de los machos vecinos. Se fueron Costa de Oro, Panamá, la mitad de la Amazonía, parte apreciable de la Orinoquía, la costa de La Guajira y el mar de San Andrés. Nos han quitado tierra y mar Nicaragua, Costa Rica, los gringos, Venezuela, Brasil, Perú y hasta los pacíficos ecuatorianos. Consultemos los primeros mapas de la Nueva Granada, comparemos con lo que tenemos en este momento y lloremos como mujeres lo que no fuimos capaces de defender como hombres. O como leones, para seguir con la metáfora.

Sin embargo, no hay que arrugarse, zafémonos la autocompasión. Seamos fuertes, como los leones que pretendemos ser. Lo perdido, perdido está y lamentarlo es de amarguetas. Igual, seguimos teniendo un país amplio, fértil y bello, una tierra buena como decía Castellanos, un paraíso rebosante de recursos y hembras magníficas. El problema es que estas maravillas no son nuestras, porque las hemos regalado o nos las hemos dejado quitar sin oponer mayor resistencia. El petróleo, el carbón, el níquel, le dicen adiós al país dejando tras ellos huecos siniestros y contaminación. Pesqueros de todo el mundo piratean nuestro mar saqueando los bancos de peces que deberían alimentarnos. Hasta las hembras nos abandonan. Es de no creerlo. ¿Si somos los duros, por qué nuestras mujeres sueñan casarse con extranjeros?

Me gustaría ofrecer una esperanza, una noticia alentadora, anunciar con optimismo que frescos, que solo es un asunto de madurar, que llegará el momento en que nos crecerá la melena y tendremos unos colmillos que impongan respeto. Es lo que estoy haciendo, creo, pero el asunto no es sencillo y lamento informar que tendremos que trabajar. El mal que nos aqueja está tan incrustado en el corazón de lo que somos que necesitaremos una cirugía para extirparlo y una larga convalecencia para recuperarnos. Empecemos por abandonar la complacencia y abrir los ojos: no somos leones, Rubén Darío era un sapo que croó con retórica desmesurada y está más cerca de la cruda verdad el Tuerto López que nos catalogó de “caterva de vencejos”.

Caterva de vencejos, sí. Una parvada de pájaros oscuros que volamos espantados, unos medrosos que no somos capaces de enfrentar la dificultad y tratamos de acomodarnos con lo que buenamente nos dejan.

Como es duro, lo diré cortico: Colombia es un país de tímidos. La falta de osadía es nuestro rasgo nacional. Un alma compasiva nos definiría como “prudentes”. Aquí todo lo hacemos en tono menor, como quien no quiere la cosa, por debajo de la ruana. Por eso, nunca enfrentamos una tarea seria: ni la conformación de un Estado, ni la afirmación de una conciencia histórica, ni la construcción de una infraestructura física. Un metro para Bogotá, separar la Iglesia del Estado, organizar una justicia que funcione, son tareas que quedan a medio hacer porque nos falta seguridad para terminarlas. Nuestro manejo de la economía es timorato, lejos de nosotros los excesos de otros países que han tenido inflaciones del 500% en un año o han entrado en default. Colombia es el territorio de la medianía, aquí todo se hace en chiquito, con cara de yo no fui. Hasta nuestra “guerra” –con todos sus horrores– es un ejercicio discreto: sesenta años de “conflicto de baja intensidad”, torpes masacres y emboscadas menores donde no podemos mencionar una sola batalla. Se mata, sí, pero se mata a traición, sin arriesgar, sobre seguro. Los asesinos son los más temerosos.

Aceptemos que gran parte del país –los más pobres– tienen razón en vivir asustados. Llevan siglos corriendo de un lado a otro, perseguidos por los españoles, por los centralistas, por los federalistas, por los godos, por los liberales, por el ejército nacional, por la guerrilla, por los paras y por la delincuencia común. Con tanta gente armada de fusiles y motosierras detrás de uno y sin una justicia que proteja, es lógico terminar hablando pasito. El problema es que a los ricos les pasa lo mismo. Dueños de un país que no aman ni entienden, los hacendados, los industriales, los comerciantes y los banqueros malviven en gallineros electrificados, rodeados de escoltas y recelosos con las hordas de indios desnutridos que amenazan quitarles lo que tienen. Ellos, los potentados, también tienen miedo y como buenos tímidos han optado por gastar con disimulo y no dar papaya.

En estas condiciones patéticas, Colombia navega en un mar de babas y sangre donde es imposible tomar decisiones. Como nadie se atreve a correr riesgos, todos los desacuerdos naufragan en la formalidad o en la violencia. Aquí nunca se discute, jamás se dan argumentos racionales, cuando un colombiano se descubre pensando es asesinado por la inseguridad y termina haciendo un chiste. Y si es imposible reírnos, nos emberracamos. Pasamos del gracejo al insulto de una, sin profundizar en nada.

La diferencia entre liberales y godos es tan superficial que espanta. Cobijados por el mismo rasgo nacional de la timidez, los dos partidos solo se diferencian en la manera de manejar su miedo. Los godos lo asumen con rebeldía y pretenden curarlo asesinando a los pobres. Los liberales lo aceptan con vergüenza y deciden esconderse detrás de una fachada legal alambicada que les alivie el sentimiento de culpa. Los dos bandos saben que habitan una realidad insostenible, pero se mueren del susto con la idea de cambiar algo porque sienten que un paso en cualquier dirección los puede arrojar al abismo. Como protagonistas de una novela de Lampedusa, creen que estar igual que ayer es mejorar y han condenado al país a una decadencia que es ridícula en una sociedad que jamás tuvo un apogeo. Hasta la misma crítica se ha vuelto un arma que nos aniquila. Cuando alguien tiene un breve rapto de lucidez y se atreve a decir que vamos mal, o lo matan por mamerto o –peor aún– están de acuerdo con él y nos condenan a la desesperación. En cualquier caso, no hay salida. O el problema no existe, o no tiene solución.

Así vamos: arrastrándonos como serpientes ampolladas y dando rodeos interminables cada vez que encontramos una piedra. Y cuando no tenemos otro recurso que enfrentar el conflicto, perdemos el control, nos hacemos los pendejos y nos escondemos, o sacamos el revólver y matamos al que estorba. Perpetuamente inseguros, incapaces de hablar un lenguaje distinto al del miedo, no sabemos respetar al que opina distinto. Lo diferente nos agrede, de cualquier convicción hacemos un dogma. Al sacar de la escena los grandes temas, nos hemos condenado a hablar de pendejadas intrascendentes: los huecos de Bogotá, la cárcel para los choferes borrachos, la protección de las mascotas. Esos son los motivos de discusión que los medios nos arrojan a la cara para entretenernos y se nos va la vida opinando sobre ellos. Opinando, porque jamás nos enseñaron a argumentar, a investigar, a hablar con serenidad en el cerebro y peso en las pelotas.

Como buenos tímidos hemos aprendido a olvidar con rapidez, a perdonar todas las ofensas, a pasar de agache. Lo que sea para no comprometernos, para que no nos puedan echar la culpa de nada. Vivimos en negación: eso que nos incomoda no existe, aquí no pasó nada, somos felices, podemos vivir sin lo que nos quitaron. Disculparán que llueva sobre mojado, pero para aterrizar este texto daré algunos ejemplos de la timidez que nos agobia. Uno: se propone que las parejas gays puedan adoptar y la respuesta de la Corte es sí, pero no. Dos: los campesinos hacen un paro que detiene al país y el presidente cierra los ojos y dice que no existe. Tres: las torres Space se caen, nadie es capaz de hacer valer su derecho y nadie responde. Cuatro: se robaron InterBolsa, ¿pasó algo con eso? Cinco: en Buenaventura despresan gente con motosierras y ya nadie se acuerda. No es raro, porque... Seis: alguna vez, no hace mucho, hubo cuatro millones de desplazados y hoy estamos felices porque tenemos el desempleo en un dígito.

La esencia de la timidez es el temor a la opinión ajena. Incapaz de soportar el juicio de los demás, el tímido se esconde en los rincones, anda de puntillas por las zonas más tenebrosas y prefiere vivir sin luz para que nadie lo vea. Esta estrategia lo lleva a dudar de su existencia y a buscar la compensación exagerada del delirio de grandeza. Por eso los colombianos somos tan buenos rumbeando, porque en la locura del alcohol y del baile encontramos el ánimo para vernos como leones.

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Anita de Hoyos

Luis González es guionista de televisión: Utiliza el seudónimo Anita de Hoyos para escribir piezas literarias. 'El Paraíso es para todos' es su primera novela y está inédita.

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