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Contra el público

Contra los artistas que deciden vivir en función del público, para complacerlo, para divertirlo, para que no se ponga bravo

La vida crónica © Odin Teatret

 

En realidad, es contra los artistas que deciden vivir en función del público, para complacerlo, para divertirlo, para que no se ponga bravo. Durante la temporada de La vida crónica del Odin Teatret en Bogotá (marzo, 2015), circuló un libro perfecto de Eugenio Barba titulado Para mis espectadores. Me lo devoré pensando que se trataba de una reflexión acerca del espíritu inasible de los habitantes de las butacas, pero me di cuenta de que el texto, sorprendente como todo lo dicho y hecho por su autor, era una antología sobre las presentaciones de sus obras en los programas de mano. La respuesta, una vez más, la intuí viendo la puesta en escena con la que nos sorprendieron en el Teatro Mayor “Julio Mario Santo Domingo”, en su Sala Alterna. No, no había que pedirle el favor al público de que le gustara el espectáculo. La vida crónica no trataba de ser benevolente con el respetable. Al contrario, la obra (hermética, extraña, elusiva, oscura, desmesurada… para todos y todas los que odian los calificativos) estaba ahí y el espectador veía si entraba o no en sus laberintos. Muy pocos, poquísimos, consiguen semejante prodigio. Qué difícil es el teatro hecho, sobre todo, para sus intérpretes y que, de paso, conmueva a los que están al frente. Pero sigamos. No me abandonéis, por favor lector, lectora, como dicen ahora los y las y les y lus camaradas.

Casi todos los días vemos experiencias teatrales hechas para complacer a la taquilla. Los creadores inventan para que el público sea feliz, así los creadores sean infelices. Hay una suerte de prostitución en nuestro oficio en el cual tiende a caerse porque, de lo contrario, perdemos al que paga. Pero hay, a su vez, un modelo de espectáculo que es aún peor: el de los que se refugian en no ser comerciales y, por esta razón, se dan el lujo de hacer experiencias escénicas ausentes de rigor. Los hay por montones y qué daño le hacen al teatro. Y claro. Ahí entiendo a aquellos que deciden no volver nunca a pisar una sala de representaciones. Han visto tantas creaciones exentas del más mínimo atractivo, en aras de una supuesta vanguardia y huyen para nunca más volver, escriben columnas tituladas &l...

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Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó 'El miedo a la oscuridad'.

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