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El Malpensante

Artículo

Una inquisición de los tiempos modernos

Traducción de El Malpensante

El tema del derecho a morir está en el ojo del huracán en Colombia tras la muerte asistida de Ovidio González, padre del caricaturista Matador. La controversia alrededor de la eutanasia tiene amplias raíces que trascienden lo moral. Así lo expresa, con amplia experiencia, el “Doctor Muerte” en este ensayo.


Esta es probablemente la primera vez que se dirige a esta honorable concurrencia una persona doblemente acusada de asesinato en primer grado.

La inquisición está viva y goza de buena salud. La única diferencia es que hoy en día es tanto sutil como peligrosa. Los inquisidores ya no te queman en la hoguera; ahora te tuestan lentamente. Se aseguran de que pagues caro por lo que haces. De hecho, te matan en una forma con frecuencia sutil. Mi situación es un ejemplo perfecto de lo anterior.

Espero que se entienda que lo mío no es autoconmiseración. No me lamento de la condición en que me encuentro. Tampoco soy un héroe –al menos según mi definición–. Para mí, cualquier persona que hace lo que debe hacer no es un héroe. Y yo todavía siento que hago solo aquello que, como doctor, debería hacer. Que esté o no autorizado para hacerlo no tiene nada que ver; soy un médico y por lo tanto actúo como tal cada vez que puedo. Lo anterior no significa que tenga más compasión que los demás, si bien hay algo que sí soy, y que muchos no son, y es honesto.

En la actualidad la mayor deficiencia y el mayor problema de la sociedad es la deshonestidad. Ella subyace a casi cualquier crisis o problema que uno pueda mencionar. Es casi inevitable; de hecho, resulta imposible huir de ella a medida que uno madura. Se considera que un poquito de deshonestidad aceita la maquinaria social, que se facilitan las cosas para todo el mundo si nos mentimos un poquito los unos a los otros. Sin embargo, toda esta deshonestidad se va acumulando después de un tiempo. Si cada uno fuera perfectamente honesto todo el tiempo, si la naturaleza humana pudiera resistirlo, habría muchos menos problemas en el mundo.

Cuando nosotros (mis abogados, mis hermanas, el tecnólogo médico y yo mismo) comenzamos con este trabajo (la eutanasia voluntaria ayudada por el médico), no esperábamos la explosión de publicidad que se dio. Los grandes medios de comunicación quisieron mostrar mi trabajo con una óptica muy negativa –y mi propio perfil con esa misma óptica–, de suerte que pudieran denigrar del concepto bajo el cual actuábamos. Dijeron que no se me debería identificar con el concepto, al tiempo que era eso justamente lo que hacían. Me insultaron y denigraron de mí con la esperanza de que eso menoscabara el concepto. No funcionó, empero; según las encuestas, la gente se divide por partes iguales en la opinión que tienen de mí, pero están tres a uno en favor del concepto, y esto último nunca ha cambiado.

Ahora bien, ¿no es extraño que sobre un tema polémico de semejante magnitud –uno que involucra multitud de disciplinas– la totalidad de la política editorial del país (Estados Unidos) esté de un solo lado? Inclusive sobre un tema tan controvertible como el aborto existe apoyo editorial de ambos lados. Y en lo que nos concierne, la muerte digna –nuestro tema– es acaso más simple que el del aborto. ¿Entonces por qué están todos los columnistas y todos los periódicos del país en contra nuestra? No ha habido ninguno que nos haya apoyado sin reticencias, pese a que el público está de nuestro lado.

Como yo lo veo, se trata de una conspiración, lo que para mucha gente no será una sorpresa. Pero ¿una conspiración entre quiénes? Pues bien echemos una mirada a ver quiénes son los opositores: la religión organizada, la medicina organizada y el gran capital organizado. Poderes tremendos.

¿Pero qué se opone a nosotros la medicina organizada? Por dos razones, pienso yo. Primero, porque la así llamada profesión –que en los Estados Unidos ya no es una profesión, sino una empresa comercial, y lo ha sido durante mucho tiempo– está permeada por armonías religiosas. La base de la así llamada ética médica es una ética religiosa. El juramento hipocrático es un manifiesto religioso, no es médico. Hipócrates no lo escribió; no sabemos quién lo escribió, pero sospechamos que fueron los pitagóricos. De modo que si usted se topa con un médico que dice que “la vida es sagrada”, tenga cuidado. Nadie hace estudios sobre la santidad de las escuelas de medicina. Usted, antes que nada, está hablando con un teólogo, después con un hombre de negocios, y en tercer lugar con un médico.

La segunda razón para que la medicina organizada esté en contra de la eutanasia voluntaria es el dinero involucrado. Si el sufrimiento de un paciente terminal se reduce en tres semanas ¿alcanzan ustedes a imaginar cuánto suma eso en costos médicos? Y hay un montón de drogas que se utilizan en los últimos meses o años de la vida, las cuales sumas billones de dólares en ingresos para la industria farmacéutica.

Lo anterior me resulta tan desolador que me ha vuelto cínico. Uno tiene que ser cínico en la vida cuando lee sobre una situación que es tan terrible e incorregible. Hay algunas maneras para enfrentársele: puede uno adaptarse, lo que resulta difícil; puede uno enloquecerse, lo que resulta un refugio (y algunos lo hacen); o puede uno enfrentarla con un profundo cinismo. Yo opté por lo último.

En relación con las cuestiones religiosas, yo me pregunto: ¿por qué no permitir que todas las afinidades religiosas de la medicina se apliquen a la ética de los hospitales religiosos y que se deje a los hospitales religiosos laicos en paz? Los médicos que trabajan en hospitales religiosos pueden negarse a realizar abortos, pueden negarse al suicidio asistido o a la eutanasia, pueden hacer lo que a bien tengan. Pero no tienen el derecho de imponer la que llaman ética médica universal a las instituciones seculares.

Además ¿qué es la ética? ¿Pueden ustedes definirla? Mi definición es sencilla: la ética consiste en decir y hacer lo que es correcto para un determinado tiempo. Y esto cambia. Hace setenta y cinco años, si yo le dijera a alguien que iba a enviarle a su casa un camión con diez toneladas de carbón para navidad, la persona seguramente lo agradecería. Si en cambio lo hiciera hoy en día, la persona se sentiría insultada. El comportamiento correcto cambia con el tiempo.

Lo anterior es cierto para la sociedad humana también. Existe una sociedad primitiva –no recuerdo dónde exactamente– cuyos miembros se escandalizaron al saber que nosotros embalsamamos a los muertos, los ponemos en cajas y luego los enterramos. ¿Saben ustedes lo que ellos hacen? Se los comen. Para ellos es ético y honorable devorar el cadáver del ser amado. ¿Nos produce shock, no es cierto? Es asunto  de aculturación, de tiempo, del lugar donde uno vive o de quién es. Si yo visitara esta sociedad primitiva y fuera un gran humanista, diría “Oh, es muy interesante”. Y si el así denominado salvaje a su vez dijera: “Oye, pero es interesante lo que haces”, entonces él o ella también sería un humanista. Yo solía definir la madurez como la pérdida de la habilidad de asombrarse. De suerte que en algunos aspectos todavía somos inmaduros. Pero si uno es verdaderamente maduro, y un verdadero humanista, nunca debe asombrarse. Si ellos devoran a sus muertos, sea –es su cultura–. Pero todos sabemos cuál fue la actitud de nuestros misioneros ¿no es cierto? Esa sí fue inmoral.

Creo que he expuesto el núcleo de mi posición. 

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