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El Malpensante

Arte

Misión Lobregón

Sobre la falsificación existen rumores, consejas, señalamientos, pero al final del día es poco lo que puede sacarse en limpio. ¿Quién o quiénes falsifican? ¿Es eficiente la justicia en estos casos? ¿Los culpables pagan multas o van a dar a la cárcel? Estas y otras preguntas se resuelven con gran detalle en la siguiente crónica sobre un pintoresco falsificador de cuadros de Alejandro Obregón.

 

Alejandro Obregón retratado en su taller de Barranquilla

 

El pintor Omar Gordillo escuchó repicar el teléfono y fue a contestarlo. No reconoció la voz, pero se sobresaltó cuando supo que era “el tolimense suertudo”, aquel personaje que solo había visto en los periódicos.

Intercambiaron un saludo protocolario; luego prestó atención al motivo de la llamada:

–Como usted ha sido cercano a los hijos de Alejandro Obregón y un conocedor y evaluador de su obra, le propongo que me ayude a conseguir la firma o al menos la autenticación de alguno de los cuadros que yo encontré del maestro y le doy el 50% de las ganancias.
–Bueno –respondió Gordillo con voz ronca y carrasposa–, tráigalos mañana a mi apartamento y les echo un ojo.

Colgó, para de inmediato volver a levantar el teléfono. Marcó, preguntó por Rodrigo Obregón, hijo del pintor. Una voz al otro lado le contestó que no estaba y que regresaba al país en un par de días.

Al día siguiente, el tolimense suertudo se presentó en la casa de Gordillo con varios cuadros enmarcados y una maleta negra. Recostaron las obras en las paredes de la sala y, tras una breve inspección, Gordillo le pidió un par de días para examinarlos en detalle. La entrega de los once cuadros se formalizó con una carta que los dos firmaron. Acordaron verse el 25 de enero de 2003, al final de la tarde.

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