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El Malpensante

Poesía

La poesía del hombre invisible

Opuestos y complementarios, César Mermet y Felix “Grillo” della Paolera compartieron una larga amistad alrededor de la literatura. Un testigo de excepción nos acerca a esa fértil relación y nos revela algunos de sus más valiosos frutos poéticos.

 

 

®Cortesía de Pedro Mairal • César Mermet y Félix "Grillo" della Paolera

 

En los años noventa yo estudiaba letras en la universidad, pero me escapaba los jueves a la noche, con toda la felicidad del mundo, a un taller literario. Escribir y estudiar letras, me decía, es como estar loco y estudiar psicología. Son dos cosas distintas. Así que mientras la carrera me formaba como un lector capaz de analizar casos de otros, yo ejercía mi locura personal en el taller de Grillo della Paolera. Grillo se llamaba Félix pero nadie le decía así. Era Grillo desde su infancia porque se quedaba noches enteras despierto, leyendo. Cuando lo conocí tendría 70 años. Nos escuchaba atento, fumaba su pipa y, cuando cada uno terminaba de leer su texto, detrás de una cortina de humo decía un par de cosas, pocas, pero certeras. No era invasivo y dejaba que cada uno creciera en su propia dirección. Dejaba que te equivocaras, te daba espacio para eso. Sus mandatos básicos a la hora de escribir eran mostrar sin explicar (el conocido “show, don’t tell” norteamericano) y leer poesía. Nos hacía leer mucha poesía, nos hablaba del haiku, de Vallejo, de Neruda, de Quevedo, de Góngora. De vez en cuando deslizaba alguna anécdota de Borges, de quien había sido amigo.

Un verano caí de sorpresa a su casa en la playa, en uno de esos balnearios desolados de la costa atlántica. Quedaba en una galería de comercios que había fracasado y ahora los locales estaban transformados en viviendas. Tenía un cuarto arriba con cocina y se dormía abajo en un sótano con una ventanita que daba al mar. Yo estaba veraneando cerca con mi familia, y un día, medio revirado por el viento de esas playas enormes, se me alargó la caminata y llegué a lo de Grillo sin avisar. En los médanos me topé con una compañera del taller, una chica rubia apenas unos años más grande que yo. “¿Qué hacés acá?”, nos preguntamos al mismo tiempo riéndonos. Yo era un ingenuo. Grillo era un demonio. Un hedonista zen, si es que eso no es un oxímoron. Era austero: tenía su departamento de dos ambientes con discos y libros en Buenos Aires, y su local en la playa. Nada más. Lo importante era que a su alrededor fluyeran...

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Comentarios a esta entrada

Ladislao Iraola

Buenísimo! Mi viejo conoció a Grillo y visitó su guarida Atlántica :)

Su comentario

Pedro Mairal

Es autor, entre otros libros, de 'Una noche con Sabrina Love'.

Junio de 2015
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2

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