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El Malpensante

Artículo

Un manifiesto ecomodernista

Traducción de Andrés Hoyos

La idea de que el cuidado del medio ambiente supone un retorno a estilos de vida primitivos y en contacto permanente con la naturaleza puede estar lejos de la realidad. ¿Es posible conciliar el progreso económico y tecnológico con la preservación del planeta? Un grupo de científicos plantea alternativas.

Ilustración de Samuel Castaño

Desde cuando el ambientalismo emergió a comienzos de los sesenta como una preocupación civil, la gente ha tendido a oscilar entre dos extremos. De un lado están quienes advierten, con ardor religioso y en contravía de la ideología del progreso, que el mundo corre grave peligro y que la autodestrucción del planeta está en curso. Según ellos, no solo fuimos expulsados del paraíso, sino que la acción humana podría destruir lo poco que queda de él. Del lado opuesto están los negacionistas, para quienes el ambientalismo no es más que el ruido que hace una izquierda irredenta que, tras ser incapaz de destruir el capitalismo por medio de una revolución política, ahora quiere impedir su funcionamiento erigiendo toda suerte de obstáculos al desarrollo.

El planeta es demasiado complejo como para definir su destino mediante fórmulas simples e infalibles. Hay, sin embargo, un creciente consenso entre el también creciente número de científicos que dedican su vida al estudio del medio ambiente, según el cual la huella del ser humano sobre la naturaleza podría tener efectos catastróficos en las próximas décadas, si seguimos como vamos.

Descartado el negacionismo por indolente e irresponsable, los partidarios de la acción todavía no se ponen de acuerdo sobre qué hacer. Hay álgidos debates cuyas conclusiones, siempre provisionales, cambian con impresionante velocidad. Hasta hace poco la idea más escuchada era que había que detener el desarrollo y regresar a la naturaleza. Su primera formulación clara está en el libro Los límites del crecimiento, encargado en 1972 por el Club de Roma. El principal problema con este enfoque, aunque no el único, es que no se ha encontrado una manera para que los países pobres salgan de la pobreza sin crecer económicamente. Por lo demás, las predicciones catastrofistas que este campo ha venido haciendo a lo largo de los años no se han cumplido, lo que suele llevar a sus partidarios, no a cambiar de predicciones, sino a aplazarlas. Dados estos inconvenientes, la popularidad de la visión utópica hoy en el mundo es limitada. Su influencia se confina a grupos poco numerosos, que si acaso tienen cierto poder político en algunos países de Euro...

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