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El Malpensante

Iceberg

Una firmita

Ideas, apuntes, críticas, tendencias, habladurías 

En artículos, en clases, en charlas he insistido hasta el aburrimiento en que los periodistas –y sobre todo los periodistas “culturales”– deberían recibir nociones básicas de derecho y ordenamiento jurídico. Aquí no importa que lo haga, pero podría mostrar veinte o treinta ejemplos criollos de garrafales metidas de pata a causa de esa ignorancia de las normas y procedimientos estatales. Para no ser tan extremo, me limitaré a citar un ejemplo de estos días. Abran El Espectador del 24 de septiembre de 2015 y lean “Burocracia versus excelencia”, un artículo en el que Sara Malagón Llano intenta defender a Fátima Vélez, ganadora de un premio de poesía que no le ha sido entregado por un enorme descuido procedimental. No dudo que la nota fue escrita con buena fe y con el ánimo de reparar lo que a primera vista parece un flagrante caso de injusticia. Por desgracia, en el propósito de alcanzar ese objetivo la periodista no solo pasa por alto las más elementales normas del oficio, no solo acaba dando lecciones de moral en un contexto en que no debería darlas, sino que –efecto perverso no deseado– termina por cometer una injusticia tan grande como la que pretendía combatir.

Por lo que yo veo, Sara Malagón no se tomó la molestia de revisar los formularios de inscripción del concurso. Allí, desde el comienzo, se advierte en letra muy destacada e imposible de ignorar que “El formulario debe ir firmado, no hacerlo implicará la propuesta como rechazada”. Y esa advertencia se reitera en la parte final, donde podemos leer: “Manifiesto que en caso de que mi propuesta sea seleccionada como ganadora, y se presente una causal de incompatibilidad y/o inhabilidad… acogeré inmediatamente la decisión que adopte la entidad sobre el particular”. 

Temperamentalmente, yo estoy lejísimos de estos apegos neuróticos a la letra escrita. Sin embargo, en este caso me resulta imposible ignorar lo que está en juego. He sido jurado en varios concursos y me alarma la frecuencia con que los participantes olvidan los detalles más obvios y la dificultad que tienen para seguir las instrucciones más elementales. No es solo que lean e interpreten mal; es que ni siquiera comprenden el sentido de lo que se les está pidiendo. En estos concursos uno firma no para cumplir un simple trámite administrativo o para garantizar que es quien dice ser; lo hace sobre todo para certificar que la obra es original y que su premiación no meterá en dificultades a la i...

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