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El Malpensante

Ficción

A mí lo que me mató fue ese salsaludo

Un cuento de Luis Miguel Rivas

El próximo 31 de octubre, los editores de la revista Universo Centro publicarán 30 años de salsa y sabor, un libro para celebrar el trigésimo aniversario de la emblemática emisora paisa Latina Stereo. Este cuento y la crónica que le sigue fueron tomados de los cuarenta y siete textos que conforman el libro, retrato vivo de una Medellín vibrante cuya historia se escribía noche tras noche entre las mesas salseras del Aristi, el Tíbiri, Bururú Barará y El Eslabón Prendido.

 

©Duncan Smith • Corbis

 

 

Ustedes no saben lo que es oír el nombre de uno saliendo de ahí, de la radio. O sea, que las palabras con las que a uno lo bautizaron las esté escuchando todo el mundo en todas partes: “Un saludo para Manuel, el Muelas”. Uno como que existe más, uno es más grande que uno. A uno lo están diciendo en la radio.

No sé si Yeni sabía eso o si le importaba (aunque igual ya qué importa), pero si no me hubiera mandado ese mensaje a lo mejor las cosas no hubieran pasado como pasaron ni yo me hubiera desbarrancado por semejante abismo de desilusión. Porque ese salsaludo fue lo que me mató. Lo que nos mató.

Tal vez no les parezca que fuera para tanto, como no les pareció a los amigos que estaban conmigo esa tarde cuando me quedé como entelerido después de oír las palabras del locutor. Es que ustedes no saben para qué sirven los sentimientos de otra persona, les dije, ustedes no saben de eso, de qué sirve eso, ustedes no saben querer. Porque para mí era como si Yeni me estuviera invitando a su mundo, a un rincón sagrado al que sabía que yo no pertenecía, al centro de ella, a la salsa en carne y hueso.

La vi por primera vez en un baile de garaje en la casa del Mono Nando, en el barrio Los Naranjos, por el Seguro Social. Después de haber bailado varias canciones de Arsuplay, y de que la mamá de Nando bajara como cinco veces a prender la luz que apagábamos al comienzo de cada balada, se oyó una voz fuerte, contenta, femenina, que nunca antes había oído: ¡Su mamá tiene razón, prendan esa luz! ¡Qué es esto tan jarto! ¡Desabridos! Era una morena alta, con rasgos de india y pelo lacio hasta los hombros. Cruzó derecho hasta el equipo de sonido, puso “Azuquita pal café” y arrancó a bailar sola sin mirar a nadie. Ya viniste a imponer el desorden, Yeni, dijo el Mono Nando muerto de risa y se puso a bailar con ella. Luego se armaron más parejas y se formó un parrandón del que todo el mundo habló la semana entera.

Era prima del Nando y recién había venido con la familia desde Barranquilla. Esa noche casi no hablamos porque se la pasó fue bailando. Después me la encontré varias veces en la casa del Mono y nos hicimos a...

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Luis Miguel Rivas

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