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El Malpensante

Coda

El error que somos

¿Sirve para algo perseguir sin tregua la siempre inalcanzable perfección? Un escritor y editor –ambas actividades perfeccionistas y erráticas– defiende la necesidad y el placer implícitos en el ejercicio cotidiano de equivocarse.

Ilustración de Luca Di Battista

 

Cuando tenía diez años, el entrenador del club donde jugaba al fútbol me puso a cargo de los tiros libres. Para mejorar mi puntería antes de los partidos, a diario pateaba el balón contra un tubo que sobresalía de una pared en el fondo del patio de casa. Primero me propuse golpearlo diez veces consecutivas. Cuando lo logré, aposté a que fueran veinte. La tarea me suponía horas pues cada vez que fallaba me había impuesto la reprimenda de volver a comenzar. Las prácticas acabaron el día en que mi madre descubrió mi obsesión –espiaba desde la puerta que unía el garaje con el patio– y me escondió la pelota. Fue el fin de “cero errores” en el patio, pero no de la manía pues, como si estuviera cableado para el suplicio autoinfligido, hallé llanuras nuevas donde dejarlo correr. En la secundaria, sin ir más lejos, hice de la experiencia un método científico: recitaba la tabla de los elementos periódicos en silencio y me obligaba a recomenzarla si olvidaba el tecnecio o brincaba del rubidio al itrio dejando de lado al brillante estroncio. Era otro síntoma de mi fobia al error.

Una broma asegura que el supuesto inventor del botón de borrar en la máquina de escribir llegó a él cuando no pudo diseñar un aparato capaz de prevenir las pifias tipográficas. Nos cuesta tanto manejar los errores que, si no podemos evitarlos, procuramos negarlos u olvidarlos pues confirman nuestra falibilidad. La mayor parte del tiempo no enmendamos el yerro: confiamos en que la equivocación se quede al costado del camino por falta de combustible mientras nosotros seguimos adelante en la carretera de nuestras vidas.

Pero los errores están hechos para cometerse. Nunca pasará de moda el tropiezo, la falla, la humillante pifia. La perfección viste traje de tres piezas, huele a sándalo y juega al backgammon con señoras de noventa años: aburre. Pocas cosas son tan democráticas como los errores, la muerte, algunos impuestos. David Foster Wallace decía que está bien buscar el perfeccionismo pero que su culto absoluto es paralizante. Debemos equivocarnos. Los únicos que jamás fallan son los expertos que nunca hacen nada más que señalar con el dedo.

Los científicos, ...

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Diego Fonseca

Autor de ficción y no-ficción, ha publicado 'Joseph Stiglitz detiene el tiempo', 'Sam no es mi tío' y 'South Beach'.

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